La semana pasada viajé por trabajo a Caral. Fue chevere porque nos reunimos, después de mucho, mi papá, mi hermano y yo para chambear. Es, mejor dicho, porque tengo que volver mañana temprano a terminar el trabajo.
Pero son varias cosas pintorescas las que suceden en estos viajes. En este en particular, sucedieron varias, pero yo las resumiré en tres cortos, y, espero, entretenidos actos.
Primer acto: El sauce boxeador
El primer día de trabajo, estaba yo con mi teodolito, que para los que no saben es algo así como una cámara fotográfica con trípode, instalado en un punto clave del recorrido, tratando de trazar un rumbo, cuando sentí una hojita que colgaba de la rama de un sauce, molestando mi frente. La hice a un lado y me incline hacia adelante, para hacer mi lectura y la misma hojita cosquilleándome la nuca. Mugrosa hojita, pensé, y cogiendo la ramita de la que colgaba, la jalé con fuerza hacia abajo, con la idea de arrancarla y tirarla a un lado del camino.
El resultado fue que no cayó solo la hojita, sino una rama entera que había estado suelta del árbol. Cayó sobre mi, movió el nivel del instrumento, y me obligó a empezar de nuevo, luego de haber trabajado casi una hora. Y todo por querer arrancarle la hojita al sauce.
Moraleja: No atacar a la naturaleza, porque a estas alturas ha aprendido a defenderse.

Segundo acto: El pajarito cabrón
En provincia como que el tiempo pasa, no menos rápido, pero sí más apacible. Saliendo desde la pensión hasta el lugar de trabajo se caminaba cerca de un kilómetro, pero era relajante ver los patos, caballos, ovejas y toda clase de pajarillos saludando la mañana. Caminar al trabajo era como estar actuando en una de esas películas animadas de Disney.
Entre todos estos animalillos, había un pajarito que siempre iba con nosotros. Se paraba siempre delante, a unos 15 o 20 metros, en una rama, y cuando nos acercábamos pasaba a la siguiente. Era un petirojo (eso creo), y aunque en Lima aún quedan algunos, no se ven por donde yo vivo, así que le quise tomar una foto. Un close up al colorado acompañante de las mañanas laborales.
Pero, fijese usted, querido lector que el mugre pajarito nos dejaba acercarnos hasta a 5 metros de él, pero apenas ponía la mano sobre el estuche de la cámara, colgado en mi cintura, el muy maligno volaba lejos, hasta hacerse un misero punto a nuestra vista.
Pasaba el día, y el petirrojo andaba siempre cerca, cantando e inflando su pecho rojo encendido, y volando apenas me veía sacar la cámara.
Estuve empecinado en tomarle una foto, cosa que no logré hasta el tercer día, cuando al atardecer, se me ocurrió dejar el trabajo, apuntarle despacio, y utilizar al máximo el modesto 3X de zoom que tiene mi Kodak EasyShare C813. Luego contemplé, resignado, la foto borrosa y pensé lo útil que hubiera sido invitar a Julio Cesar a este viaje.
Tercer acto: Comegato
Me considero una persona reservada. No me gusta hablar con el taxista, ni tampoco hablar cuando trabajo. Mi papá es todo lo contrario, lo cual no me parece mal, sino por el contrario, es bueno que él se lleve la atención de la gente.
Conversaba mi papá con uno de los lugareños, un día de aquellos, comenzaron a conversar de las comidas que se comen en diferentes lugares. Mi papá que estuvo en la selva, dice, y yo le creo, haber comido mono, cocodrilo y tortuga. Hasta ahí todo bien, cuando el señor aquel le pregunta si alguna vez ha comido gato, y papá que no. “Aquí a veces damos de comer gato, y después que ya comió rico recién le decimos lo que ha comido” dijo el tío aquel. “Pucha ya estamos fritos”, pensé yo.
Y todo bien, la conversación quedó ahí. En la pensión comíamos estofados de pollo, tallarines, café, queso, palta. Hasta que un día antes de regresar a Lima comimos un seco de carne, un poco raro en realidad.
Probablemente sea paranoia, pero también es posible que ese seco, que estuvo rico, no puedo negarlo, haya dicho miau en alguna etapa de su existencia. Era carne roja, y espero de todo corazón que los gatos tengan carne blanca.
En fin, mañana vuelvo, y supongo que cuando nos despidamos de ese pueblo, nos dirán si realmente comimos gato, o sólo fue una alucinación de esas que no dejan en paz.


que chevere un viaje asi! queda pa’l recuerdo
me encanto la moraleja de el sauce boxeador! se nota que has tenido un buen tiempo! aunque espero que en verdad no haya sido un pobre felino parte de tu historia ni de tu digestion…
Yo espero lo mismo, Soleil, yo espero lo mismo. Saludos.
No desconfies del seco,
desconfía del estofado.
Por otro lado, nadie se ha muerto por comer gato.
Buen post! =)