Cuento Nº 2 (Archivo)

A sus 45 años, Claudia quería una aventura con su jefe.

No era amor, aunque mil veces ella hubiera querido que lo sea. Casada por obligación a los 19 años, embarazada de otro, su esposo aceptó en aquel tiempo casarse con ella, sabiendo del embarazo y sabiendo también que ella no lo quería. Ella lo rechazó los primeros meses del matrimonio, y él se encargó de que nunca olvidara lo sucedido durante el resto de su vida en común. Veintiséis años después, una aventura era como una pseudo venganza, simplemente un desahogo tal vez.

Claudia escribía cartas para su jefe, pero sabía que nunca tendría el valor de hacérselo saber. Teniendo además un tiránico marido en casa, escondía sus escritos en el archivo de la oficina, en la letra “F”, que era la inicial del hombre que le extendía su cheque a fin de mes. Al archivo nadie más que ella tenía acceso, ya que cuando Mr. F necesitaba algo de ahí, se lo pedía siempre a ella.

Estas cartas impresentables no eran de amor. Eran mas de desesperación, apasionadas y hasta pornográficas. Claudia había creado un mundo paralelo en estas cartas, un mundo en que podrían los dos vivir felices, con ella como harem personal y unitario de él. Eran escritas a mano, siempre a media tarde, cuando la carga de trabajo se aligeraba y podía disfrutar de la frescura de la hora de la siesta. Aunque claro, la siesta ha pasado ya a ser una práctica anacrónica y olvidada, como el hábito de escribir cartas a mano. De todos modos, ella pensaba que las computadoras le quitaban ese efecto mágico que sólo tienen las palabras forjadas a puño y letra.

Aunque, de hecho, el efecto mágico sólo lo compartían ella y el file de la letra “F”, refundido en el archivo. Eso no importaba. Quizás un día tendría el valor para…

No. Nunca tendría el valor. Finalmente el valor no fue en absoluto necesario.

Sucedió una mañana de octubre. Claudia había tenido un horrible fin de semana, sin agua en su departamento. Su llave de entrada se había roto sin razón aparente y tuvieron que cortar el flujo en todo el piso, pues la inundación de su baño había dejado sin agua a los vecinos de arriba y amenazaba además con extenderse y mojar la alfombra de la sala. Llamó a un gasfitero, quien le dijo que no podría presentarse hasta el lunes por la mañana.

El lunes a primera hora de la mañana, el señor F. fue despertado por la llamada de su secretaria, anunciándole que por problemas domésticos que explicaría posteriormente, se retrasaría en su llegada a la oficina. “Ok, yo me encargo hasta que llegues”, fue toda su respuesta.

El gasfitero quedó a las 8, llegó a las 9 y se fue a las 10. Claudia tomó el baño mas helado y rápido de su vida, y llegó en taxi, pasadas las 10.30. En las escaleras rumbo al segundo piso se cruzó con el Señor Fudimoto, empresario ganadero, que había encargado el diseño de una planta procesadora de leche, o algo así, a la empresa donde laboraba su jefe. Con la prisa, con los nervios, no cayó en cuenta de nada hasta que todo fue obvio.

Llegó a la oficina e inmediatamente se dirigió al despacho donde se encontraba ya el señor F., dispuesta  saludar y explicar el motivo de la demora. Saludó no bien entraba, y al no recibir respuesta, bajó los ojos para descubrir el expediente Fudimoto sobre el escritorio de su jefe, y sus ojos absortos, sobre un papel que sostenía entre sus manos, y los otros papeles haciendo un montículo sobre el escritorio, cerca del expediente.

¡Sus cartas!.

En ese momento todo empezó a suceder muy lentamente. Claudia se abalanzó y arrancó la carta de las manos de Mr. F., guardándola atropelladamente, y junto con las demás, dentro de su cartera. Salió corriendo del edificio, con la cara quemándole de vergüenza y con intenciones de no volver nunca más.

Corrió 5, quizás 6 cuadras. Cansada y con los tacones arruinados, comenzó a caminar lenta y lastimosamente, sin rumbo. Pensó en ir a tirarse por un acantilado, pero el más cercano estaba bastante lejos, y tomar un taxi en ese estado era condenarse a las estúpidas preguntas de alguien que en su casa (como ella) no tiene con quien hablar.

De pronto sintió un fuerte tirón en el brazo izquierdo, y se encontró a sí misma sentada en el suelo, sin cartera.

– ¡LADRÓN! – alcanzó a gritar antes de, inevitablemente, ponerse a llorar.

Dos muchachos salieron de un taller de mecánica vecino, y corrieron para atrapar al delincuente. Pero era una persecución sin sentido. El muy maldito les había sacado ya bastante ventaja.

Ella se dejó caer boca arriba sobre la vereda y suspiró. Que se vaya el jodido ladrón. Que se lleve sus documentos, su dinero, su secreto y su identidad. Ya qué más daba. Que se vaya lejos, muy lejos y se lleve todo consigo.

Los tacos de sus zapatos estaban rotos. Se los quitó y se fue caminando, a su casa.


Esas historias de adentro

Divagando navegando por la web, encontré una entrada antigua de este pequeño blog, que escribí en Abril de 2007, una historia pequeña y sin sentido, y que sin embargo reflejaba lo que quise hacer cuando lo inicié.

Escribir esas historias que viven dentro de uno. Personajes de universos inexistentes que, sin embargo, tienen derecho a una efímera existencia en un sitio web por desconocido que sea.

Chico lácteo es uno de ellos. Un alter ego que me susurra historias en los momentos mas insospechados, en la combi, en pleno examen final. Historias que luchan y finalmente mueren si no son plasmadas. Plasmar sus historias fue lo que teóricamente me motivó a retomar el blog en mayo del año pasado. Y año y medio después, el momento ha llegado.

Pido las disculpas al lector si las primeras historias son pésimas. Generalmente están contaminadas de realidad. A medida que vaya dejándolas salir, serán cada vez mejores.

Por lo pronto, los dejo con la historia que motivó este post, titulada “Sólo un Café”:

Sólo un café:

Me llamó por teléfono mi papá, para salir a cenar juntos.

La veía en medio de una bruma. Cansada y con los zapatos apretándole los pies, casi estrangulando sus ganas de seguir viviendo. Salió del edificio caminando lento, ignorando completamente los hasta mañanas de sus conocidos y los eventuales piropos, buenos y no tan buenos, de los desconocidos. Una Penélope moderna no teje ni desteje, sólo se pone los audífonos y finge no escuchar a nadie.

Caía la tarde, junto con una lágrima anaranjada que rodaba lentamente por su mejilla. Levantó la vista al sol y sonrió tristemente, en una especie de desesperado deja vú. Hubo un tiempo en que era el ocaso su espectáculo favorito, sentada en algún carcomido murito de malecón, del brazo de un ser del que ahora sólo conservaba el olor.

Ese olor. Era como de café recién molido y tostándose. Era como el olor de hogar. Desde que se fue su casa dejó de oler a hogar. No quería volver, no quería llegar y encontrar la casa vacía otra vez, vacía y sin olor. Así que caminó, ipod en mano, sin rumbo fijo, buscando únicamente un lugar donde tomar un café, un café oloroso y con cuerpo, un café que sea como él.

Encontró un lugar y entró. Se sentó en una mesa, sin quitarse los audífonos, y pidió un Café Calipso, sin darse cuenta que estaba gritando. Todos los presentes voltearon a verla, pero no se dió por enterada: estaba escuchando “Marinero de luces” en su ipod.

…Marinero de luces, con alma de fuego y espalda morena
Se quedo tu velero perdido en los mares…

Pensar, y esperar. ¿Qué otra cosa podía hacer?. Él se fue, dejándola prisionera de una casa vacía y sin olor, sin explicar nada, y sin embargo, ella no deseaba otra cosa que verlo volver, a donde fuera que se haya ido.

Se tomaba lentamente el café, su café. A medida que éste se acababa, crecía en ella el miedo de tener que pararse e ir a casa. Miró a la ventana y vió que había empezado a llover. Mejor, así podría quedarse todo el tiempo del mundo tomándose su café despacito, sin prisa hasta esperar que cese la lluvia.

Pero, pensó, si caminara bajo la lluvia, podría llorar y nadie lo notaría. Al instante se dió cuenta que de todas formas nadie notaría el llanto de una chica en una ciudad tan fría como esta, tan indiferente.

Finalmente se decidió a dejar el café a medio terminar, pagó y se fue, caminando bajo la lluvia.

…Olvidaste que yo gaviota de luna
Te estaba esperando,
Y te fuiste meciendo en olas de plata…

Pobre Penélope, pensé, si es que así se llama. Nunca le puse nombre.

Escucho que golpean la puerta. Es mi papá, que seguramente se cansó de esperarme en su casa, y vino a recogerme.

(Re)tomado de clonpi.funpic.de