Esas historias de adentro

Divagando navegando por la web, encontré una entrada antigua de este pequeño blog, que escribí en Abril de 2007, una historia pequeña y sin sentido, y que sin embargo reflejaba lo que quise hacer cuando lo inicié.

Escribir esas historias que viven dentro de uno. Personajes de universos inexistentes que, sin embargo, tienen derecho a una efímera existencia en un sitio web por desconocido que sea.

Chico lácteo es uno de ellos. Un alter ego que me susurra historias en los momentos mas insospechados, en la combi, en pleno examen final. Historias que luchan y finalmente mueren si no son plasmadas. Plasmar sus historias fue lo que teóricamente me motivó a retomar el blog en mayo del año pasado. Y año y medio después, el momento ha llegado.

Pido las disculpas al lector si las primeras historias son pésimas. Generalmente están contaminadas de realidad. A medida que vaya dejándolas salir, serán cada vez mejores.

Por lo pronto, los dejo con la historia que motivó este post, titulada “Sólo un Café”:

Sólo un café:

Me llamó por teléfono mi papá, para salir a cenar juntos.

La veía en medio de una bruma. Cansada y con los zapatos apretándole los pies, casi estrangulando sus ganas de seguir viviendo. Salió del edificio caminando lento, ignorando completamente los hasta mañanas de sus conocidos y los eventuales piropos, buenos y no tan buenos, de los desconocidos. Una Penélope moderna no teje ni desteje, sólo se pone los audífonos y finge no escuchar a nadie.

Caía la tarde, junto con una lágrima anaranjada que rodaba lentamente por su mejilla. Levantó la vista al sol y sonrió tristemente, en una especie de desesperado deja vú. Hubo un tiempo en que era el ocaso su espectáculo favorito, sentada en algún carcomido murito de malecón, del brazo de un ser del que ahora sólo conservaba el olor.

Ese olor. Era como de café recién molido y tostándose. Era como el olor de hogar. Desde que se fue su casa dejó de oler a hogar. No quería volver, no quería llegar y encontrar la casa vacía otra vez, vacía y sin olor. Así que caminó, ipod en mano, sin rumbo fijo, buscando únicamente un lugar donde tomar un café, un café oloroso y con cuerpo, un café que sea como él.

Encontró un lugar y entró. Se sentó en una mesa, sin quitarse los audífonos, y pidió un Café Calipso, sin darse cuenta que estaba gritando. Todos los presentes voltearon a verla, pero no se dió por enterada: estaba escuchando “Marinero de luces” en su ipod.

…Marinero de luces, con alma de fuego y espalda morena
Se quedo tu velero perdido en los mares…

Pensar, y esperar. ¿Qué otra cosa podía hacer?. Él se fue, dejándola prisionera de una casa vacía y sin olor, sin explicar nada, y sin embargo, ella no deseaba otra cosa que verlo volver, a donde fuera que se haya ido.

Se tomaba lentamente el café, su café. A medida que éste se acababa, crecía en ella el miedo de tener que pararse e ir a casa. Miró a la ventana y vió que había empezado a llover. Mejor, así podría quedarse todo el tiempo del mundo tomándose su café despacito, sin prisa hasta esperar que cese la lluvia.

Pero, pensó, si caminara bajo la lluvia, podría llorar y nadie lo notaría. Al instante se dió cuenta que de todas formas nadie notaría el llanto de una chica en una ciudad tan fría como esta, tan indiferente.

Finalmente se decidió a dejar el café a medio terminar, pagó y se fue, caminando bajo la lluvia.

…Olvidaste que yo gaviota de luna
Te estaba esperando,
Y te fuiste meciendo en olas de plata…

Pobre Penélope, pensé, si es que así se llama. Nunca le puse nombre.

Escucho que golpean la puerta. Es mi papá, que seguramente se cansó de esperarme en su casa, y vino a recogerme.

(Re)tomado de clonpi.funpic.de

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