Caballero monse(*)

Regresaba, querido lector, a altas horas de la noche a mi casa, en un bus donde, cual sardinas, trasnochados pasajeros intentábamos mantener el equilibrio. Con un libro bajo el brazo izquierdo, y con la mano derecha aferrada al pasamanos, escuché al tipo que estaba sentado más cerca a mí comentar que bajaría un par de paraderos más adelante. Ante tal anuncio, miré a mis costados para ceder el asiento a alguna señora que estuviera cerca, si la hubiera.

A mi costado derecho estaba parado un tipo alto, que parecía como de construcción civil, quien fue inmediatamente descartado como candidato a alguna concesión de mi parte. A mi izquierda había una persona de estatura baja, cuyo género no pude identificar al principio, y cuyo aspecto inicialmente andrógino fue la causa de mi posterior verguenza.

Pensaba yo: “Si es una señora, corresponde que le ceda el asiento, y si es un tipo, pues que se funda, a la gana gana me siento y ya”.

Dicho esto empecé a examinar los datos disponibles. Primero las manos: manos morenas y toscas, que bien podían ser de hombre o de una mujer trabajadora, de las que abundan en nuestro querido país. Segundo: cabello, corto pero no tanto; bien podía ser una mujer de cabello corto o un hombre de cabello un poco largo. (Damn! dije en ese momento). Tercero: vestimenta. Polo holgado, pantalones anchos, nada me decían. Casi en desesperación, busqué verle la cara. En vano, la tenía cubierta por la visera de una gorra roja, y miraba hacia el suelo.

Derrotado, recurrí a mi último recurso, y créame, querido lector, cuando le digo que fue con fines puramente académicos: Los pechos. No es lo mismo pecho de mujer, por muy mayor que sea, que el pecho de un tipo gordo, así que la evidencia sería infalible. Inclinando el cuello, giré levemente y ¡Bingo!, los pechos delatores me indicaron que se trataba de una señora.

Hasta ese preciso instante, todo bien. Lo malo fue que cuando levanté la mirada, me encontré con una cara de señora, qué digo señora, de señora empinchadísima, una cara de que-miercoles-estas-mirando-muchachito-del-demonio-enfermo-de-porquería.

Abrí los ojos como luna llena (Juan Luis Guerra style), y no supe qué decir. Me salvó el hombre que se levantó de su asiento para bajarse.

Le cedí el asiento y me cambié de pasamanos, alejándome lo más posible de aquella señora.

(*)Monse: peruanismo que indica torpeza. Palurdo.