Archive for Febrero, 2012

Cuento N° 3 (El octubre de Julio – parte I)

Posted 18 Feb 2012 — by Clonpi
Category Chico Lacteo

“Soy músico, soy músico, soy músico…”

Con la brisa golpeándolo violentamente en la cara, entibiando sus mejillas ardientes de verguenza, Julio corría hacia el acantilado repitiendo estas palabras como una letanía.

Y mientras corría, cual escena de Capitán Tsubasa, venían a él todos los recuerdos, de cómo había llegado a este punto. Corría con una cartera, obviamente ajena, bajo el brazo, pero no quería, nunca quizo ser un ladrón.

Toda su vida había sido de trabajo. Desde pequeño sus padres, poco, hasta nada pudientes, le habían enseñado a ser resignado y trabajador. Tuvo una temprana inclinación hacia la música, e hizo de ella su oficio, músico ambulante del transporte público en la caótica Lima.

Y es Lima la ciudad multiforme por excelencia. A cada paso se aprecia la disparidad de sus elementos: mendigos que van a dormir en los jardines de las casas elegantes, turistas caminando entre alcohólicos y vagabundos en la Plaza Mayor.

Fue justamente en esta plaza donde, caminando él de regreso a su cuarto, una noche fría y garuosa(*), se encontraron mutuamente. Ella, una mujer de 20 años, a la cual la vida había maltratado hasta el extremo; y él, un músico que, a sus 19 años, no había conocido de cerca el amor.

Yacía ella, desabrigada al pie de la pileta donde en febrero hacen salir pisco en el primer sábado de carnavales, ante la indiferencia de la poca gente que transitaba por ahí a esa hora. Acurrucada entre la brisa helada que corría sobre sus hombros, y el también helado piso empedrado de la plaza. Él se acercó, caminando despacio, y ella escondió la cabeza entre las manos esperando, como tenía por costumbre, lo peor.

Sin embargo, lo peor no ocurrió. En vez de eso sintió una mano sobre la suya, y escuchó una voz de agradable timbre que le decía:

- Hola.

- Lárgate, déjame en paz – dijo ella, apartando bruscamente su mano. Una ciudad indiferente crea personas agresivas y odiosas.

- Quiero ayudarte, ¿cómo te llamas?…

- LÁRGATE! – mitad grito, mitad sollozo. Rabiosas lágrimas comenzaron a correr por sus sucias mejillas.

Sin saber qué hacer, Julio hizo lo que sabía. El espeso silencio de la noche limeña quedó roto por acordes de charango y una cansada y sin embargo melodiosa voz:

Lagrimas de luna vierten tu herida de amor palomita
Agonías largas de tus lindos ojos mirando a la nada
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor

No se si fue el vino de mis soledades que trajo tu aroma
Fue la locura que inocente engaña a los guitarreros
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor

Dormido embriagado alejo mis sueños por donde han venido
A todo galope alejo mis pasos del dulce hechizo
Mi guitarra volverá su alegría al rayar la aurora palomita
Mi guitarra volverá su alegría al rayar la aurora palomita
al rayar la aurora palomita
al rayar la aurora palomita… (**)

Cuando terminó, encontró un par de ojos negros que lo miraban, no con alegría, pero ya sin rabia. Le tendió la mano.

- Ven, te invito a cenar.

Ella la tomó sin contestar nada. Tenía hambre, y mucho frío. Temblaba. Él se quitó su casaquita de músico, imitación de cuero, y la puso sobre sus hombros. Los de ella. A través de la prenda, pudo sentir por primera vez el calor de su cuerpo.

Instalados ya, en uno de esos lugares, en calles perdidas donde la madrugada alberga a todo tipo de personas. Frente a frente, caldos de gallina humeando delante de sus narices, le preguntó:

- ¿Cómo te llamas?…

- Malena – dijo, mientras se quemaba la boca, en el afán de calmar su hambre.

- Soy Julio – le dijo, sonriéndole. Ella no contestó.

Comieron entonces, en silencio, cruzando miradas por ratos, y bajando los ojos con una media sonrisa cada vez que esto ocurría. Terminada la cena, y fuera del local, caminaron por las húmedas calles.

- ¿Dónde vives Malena?

- En ninguna parte, mi marido me botó a la calle.

- ¿No tienes familia?

Ella no respondió. Pasado un trecho, el silencio fue interrumpido, una vez más, por Julio.

- ¿Quieres quedarte en mi cuarto?, tengo espacio.

Tampoco dijo nada esta vez. Sólo movió la cabeza en señal de aceptación. Caminaron hasta la Alameda de Chabuca Granda y luego de cruzar el puente, tomaron un bus hacia uno de los conos, donde Julio alquilaba una habitación.

Ella iba en silencio, sin esperar nada. Aunque, en realidad lo que esperaba era que él la tomara esa noche, para luego tirarla por la mañana, como una servilleta sucia. Irritada por esta idea, se quitó la casaca y la puso sobre sus rodillas. Quizás hasta la golpearía, pero, en su retorcida mente, él se había ganado ese derecho por haberla invitado a cenar. Él entonces miraba sus hombros, llenos de hematomas, sus brazos dibujados de cicatrices, y no se atrevía a hablar. Era sin embargo ella dueña de unos ojos negros y profundos, y su rostro maltratado exhibía algunos rastros de una belleza triste. No, no se atrevía a hablar, tal era la concentración que veía en su ceño, que no quiso interrumpir sus pensamientos.

Llegando a uno de esos barrios tugurizados que abundan en los conos, entraron en una apretujada casa, de cuatro pisos, tres de los cuales eran ocupados por inquilinos, todos de modesto ingreso, como Julio.

Una vez dentro, le dijo a Malena que podía bañarse en el baño que compartía con todo el piso. Ella se metió a la ducha, refrescando sus heridas, mas no sus ideas. Se aseó muy bien esperando simplemente estar lista para él. Era la suya una autoestima dañada por muchos años, casi todos los de su vida.

Y lo que sucedió fue una de esas sorpresas que alivian aunque no curan. Julio había tendido una frazada en el suelo, y le dijo que dormiría ahí, que ella podía dormir en su cama.

Se acostaron los dos: ella aliviada aunque extrañada, rendida de cansancio. Él sonriente, sin saber que no todas las historias de amor terminan bien.

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(*) Esa garúa fina que caen cual rocío de madrugada sobre Lima, y que no merece ser llamada lluvia, por tanto, lluviosa no es la palabra adecuada.

(**)  Lágrimas de luna – Gaitán Castro.

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El baul de los recuerdos

Posted 12 Feb 2012 — by Clonpi
Category EGOLETRISMO, Sonia

La semana pasada se me malograron los audífonos de mi celular. En realidad la semana pasada se me malograron varias cosas, pero entre ellas los audífonos de mi celular. Era martes, si no me equivoco, y tenía el día bastante ocupado como para ir a buscar otros y queria música YA, porque sino uno se pone a pensar, y eso es realmente peligroso a veces.

Primera opción: buscar el mp4 que me regaló Sonia hace ya algún tiempo. El mismo que dejé de usar cuando tuve el celular con audífonos. Sabía que tras la separación lo había embalado en alguna de las cajas que, hasta el día de hoy, no desempaco. La razón de esto es simple de concebir pero no tan simple de explicar. Resumen: las cajas se quedarán ahí hasta que esté listo para enfrentarme a su contenido, y mientras tanto, seguiré sacando una a una las cosas que vaya necesitando: libros, CDs, etc.

Era tarde. Recuerdo que lo encontré y lo puse a recargar, porque estaba seco evidentemente de tanto estar guardado, más tarde lo metí a mi maletín y salí raudo como el viento, a enfrentarme con aquel martes que debía ser fácil el día mas agitado de este mes.

Sentado en la combi de cada día (un bus en realidad, pero le digo combi por extensión, para que se entienda mejor ¿ya?), lo enciendo, me coloco los audífonos, y empieza a sonar un tema DE ARJONA!. Puse next, next NEXT!, y venían, uno tras otro, los temas del “Quinto piso” del amado y también vilipendiado guatemalteco. El lector debe entender que NO FUI YO quien puso ahí ese disco.

Sin poder recordar del todo el funcionamiento del aparatejo, pensé que se trataba de un golpe bajo, propinado por mi ahora ex enamorada, esto de borrar toda mi música y poner un disco de Arjona en mi mp4. Refunfuñando, hablando conmigo mismo, me decía que podíamos haber tenido nuestras diferencias, pero esto era demasiado, si señor. Esperaría entonces la hora del almuerzo para llamarla y hacer formal mi reclamación.

Pero no fue así. Echando mano del pequeño reproductor, descubrí, o recordé cómo navegar por sus directorios y encontré mi música, tal como la dejé hace tanto tiempo.

Y claro, sólo un bisoño como yo podía no haberse dado cuenta que escuchar ESA selección podía ser casi equivalente a ponerse a pensar. Cada canción de ese reproductor me llevaba a un momento de nuestra vida juntos.

Vinieron entonces los recuerdos, junto con Joaquin Sabina, Jarabe de Palo, Las perras de infierno, el binomio de oro, Charlie Zaa, los prisioneros, Tiziano Ferro, Rojo, Estopa, Roxette, Pedro Suárez Vértiz, Diego Torres y hasta the Trashmen. Si señores, un verdadero arroz con mango musical, pero asi soy yo, entreverado más que complejo.

Y es así que me puse a recordar, momento tras momento, casi 9 años de relación. Cerré los ojos y la ciudad entera pasó, invisible, junto a mis oídos, sin poder distraerme con sus árboles y ruidos matinales. Terminado el trance, me sentí cansado. Cansado y agradecido.

Lejos de toda tristeza, agradecí cada uno de esos momentos. Agradecí nuestro tiempo juntos. Esas sonrisas de todas las mañanas, el cabello enmarañado peinándose entre mis dedos, mientras escuchábamos a Carlos Fonseca y Carla Harada (si, hay otro Carlos ahora, pero el de antes era mas chévere).

Nuestros días en la cocina, preparando algo rico PARA DOS. era más barato y menos trabajoso ir a comprar la comida, pero nunca sabía igual, y no se podía repetir. No hubo nunca ají de gallina (de pollo en realidad), pollo al sillao o a la reina mejor que el cocinaba ella. Y, modestamente, tampoco mejor lomo saltado que el mío, ni trufas mas ricas.

Las tardes en la “oficina” que montamos en nuestra sala. Esa oficina donde cuando no se trabajaba se jugaba Age of Empires, Starcraft, y por último Imperia Online. Y las escapadas al cuarto, a ver Beautiful People o Raising Hope en I-Sat.

Las noches de Los Simpsons, aunque ahora sospecho que tu los veías porque yo no quería ver otra cosa a esa hora. Las noches utilísimas viendo a ese argentino maldito de las carnes a la parrilla, babeando, y corriendo luego a comprar pollo a la brasa. Cada mañana siguiente era una resaca: “Nunca más pollo a la brasa de noche”.

Los domingos de ir a comprar dos películas, y luego chocolatearlas y ponerlas en mi espalda, y escogía ella en qué mano estaba la pela que veríamos.

Ruidos onomatopéyicos y demás manías perfectamente combinadas.

Tantos, pero tantos recuerdos que aburrirían aún más, si es esto posible, al lector de este pequeño blog.

Baste decir que estoy agradecido, y espero que al final, seamos felices ambos. Donde sea, con quien sea.

Y si algún día volvemos, ojalá que las heridas de este tiempo no nos impidan estar bien.