Cuento N° 3 (El octubre de Julio – parte I)

“Soy músico, soy músico, soy músico…”

Con la brisa golpeándolo violentamente en la cara, entibiando sus mejillas ardientes de verguenza, Julio corría hacia el acantilado repitiendo estas palabras como una letanía.

Y mientras corría, cual escena de Capitán Tsubasa, venían a él todos los recuerdos, de cómo había llegado a este punto. Corría con una cartera, obviamente ajena, bajo el brazo, pero no quería, nunca quizo ser un ladrón.

Toda su vida había sido de trabajo. Desde pequeño sus padres, poco, hasta nada pudientes, le habían enseñado a ser resignado y trabajador. Tuvo una temprana inclinación hacia la música, e hizo de ella su oficio, músico ambulante del transporte público en la caótica Lima.

Y es Lima la ciudad multiforme por excelencia. A cada paso se aprecia la disparidad de sus elementos: mendigos que van a dormir en los jardines de las casas elegantes, turistas caminando entre alcohólicos y vagabundos en la Plaza Mayor.

Fue justamente en esta plaza donde, caminando él de regreso a su cuarto, una noche fría y garuosa(*), se encontraron mutuamente. Ella, una mujer de 20 años, a la cual la vida había maltratado hasta el extremo; y él, un músico que, a sus 19 años, no había conocido de cerca el amor.

Yacía ella, desabrigada al pie de la pileta donde en febrero hacen salir pisco en el primer sábado de carnavales, ante la indiferencia de la poca gente que transitaba por ahí a esa hora. Acurrucada entre la brisa helada que corría sobre sus hombros, y el también helado piso empedrado de la plaza. Él se acercó, caminando despacio, y ella escondió la cabeza entre las manos esperando, como tenía por costumbre, lo peor.

Sin embargo, lo peor no ocurrió. En vez de eso sintió una mano sobre la suya, y escuchó una voz de agradable timbre que le decía:

– Hola.

– Lárgate, déjame en paz – dijo ella, apartando bruscamente su mano. Una ciudad indiferente crea personas agresivas y odiosas.

– Quiero ayudarte, ¿cómo te llamas?…

– LÁRGATE! – mitad grito, mitad sollozo. Rabiosas lágrimas comenzaron a correr por sus sucias mejillas.

Sin saber qué hacer, Julio hizo lo que sabía. El espeso silencio de la noche limeña quedó roto por acordes de charango y una cansada y sin embargo melodiosa voz:

Lagrimas de luna vierten tu herida de amor palomita
Agonías largas de tus lindos ojos mirando a la nada
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor

No se si fue el vino de mis soledades que trajo tu aroma
Fue la locura que inocente engaña a los guitarreros
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor

Dormido embriagado alejo mis sueños por donde han venido
A todo galope alejo mis pasos del dulce hechizo
Mi guitarra volverá su alegría al rayar la aurora palomita
Mi guitarra volverá su alegría al rayar la aurora palomita
al rayar la aurora palomita
al rayar la aurora palomita… (**)

Cuando terminó, encontró un par de ojos negros que lo miraban, no con alegría, pero ya sin rabia. Le tendió la mano.

– Ven, te invito a cenar.

Ella la tomó sin contestar nada. Tenía hambre, y mucho frío. Temblaba. Él se quitó su casaquita de músico, imitación de cuero, y la puso sobre sus hombros. Los de ella. A través de la prenda, pudo sentir por primera vez el calor de su cuerpo.

Instalados ya, en uno de esos lugares, en calles perdidas donde la madrugada alberga a todo tipo de personas. Frente a frente, caldos de gallina humeando delante de sus narices, le preguntó:

– ¿Cómo te llamas?…

– Malena – dijo, mientras se quemaba la boca, en el afán de calmar su hambre.

– Soy Julio – le dijo, sonriéndole. Ella no contestó.

Comieron entonces, en silencio, cruzando miradas por ratos, y bajando los ojos con una media sonrisa cada vez que esto ocurría. Terminada la cena, y fuera del local, caminaron por las húmedas calles.

– ¿Dónde vives Malena?

– En ninguna parte, mi marido me botó a la calle.

– ¿No tienes familia?

Ella no respondió. Pasado un trecho, el silencio fue interrumpido, una vez más, por Julio.

– ¿Quieres quedarte en mi cuarto?, tengo espacio.

Tampoco dijo nada esta vez. Sólo movió la cabeza en señal de aceptación. Caminaron hasta la Alameda de Chabuca Granda y luego de cruzar el puente, tomaron un bus hacia uno de los conos, donde Julio alquilaba una habitación.

Ella iba en silencio, sin esperar nada. Aunque, en realidad lo que esperaba era que él la tomara esa noche, para luego tirarla por la mañana, como una servilleta sucia. Irritada por esta idea, se quitó la casaca y la puso sobre sus rodillas. Quizás hasta la golpearía, pero, en su retorcida mente, él se había ganado ese derecho por haberla invitado a cenar. Él entonces miraba sus hombros, llenos de hematomas, sus brazos dibujados de cicatrices, y no se atrevía a hablar. Era sin embargo ella dueña de unos ojos negros y profundos, y su rostro maltratado exhibía algunos rastros de una belleza triste. No, no se atrevía a hablar, tal era la concentración que veía en su ceño, que no quiso interrumpir sus pensamientos.

Llegando a uno de esos barrios tugurizados que abundan en los conos, entraron en una apretujada casa, de cuatro pisos, tres de los cuales eran ocupados por inquilinos, todos de modesto ingreso, como Julio.

Una vez dentro, le dijo a Malena que podía bañarse en el baño que compartía con todo el piso. Ella se metió a la ducha, refrescando sus heridas, mas no sus ideas. Se aseó muy bien esperando simplemente estar lista para él. Era la suya una autoestima dañada por muchos años, casi todos los de su vida.

Y lo que sucedió fue una de esas sorpresas que alivian aunque no curan. Julio había tendido una frazada en el suelo, y le dijo que dormiría ahí, que ella podía dormir en su cama.

Se acostaron los dos: ella aliviada aunque extrañada, rendida de cansancio. Él sonriente, sin saber que no todas las historias de amor terminan bien.

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(*) Esa garúa fina que caen cual rocío de madrugada sobre Lima, y que no merece ser llamada lluvia, por tanto, lluviosa no es la palabra adecuada.

(**)  Lágrimas de luna – Gaitán Castro.

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