El extraño extrañar

Comer debe ser una de las más extrañas formas de extrañar. Quiero decir comer en lugares nuevos, que en teoría no deberían estar relacionados con nada. Y de hecho no lo están, es el acto de comer.

Las calles, los semáforos, la ciudad completa como escenario de una obra fuera de temporada, quedan siempre impregnados de olores familiares; y sobre el concreto de oyen lejanos y conocidos ecos, el compás inconfundible de unos pasos, un nombre entre ese tumulto de murmullos al que nos hemos acostumbrado y que ahora llamamos silencio.

Entonces es lógico sentirse incompletos en aquellos lugares donde llenábamos una mesa mitad y mitad, donde deberían haber otras manos y otros labios haciendo el gesto de “oh, que bueno está esto”. Esos lugares es mejor evitarlos, so pena de melancolía.

Tengo un amigo que es medio divo, aunque él diga lo contrario. Conoce lugares y comidas, y es, en muchos sentidos, más limeño que yo, que siempre me he considerado un chusco. No sé si fue ése también un problema, ser demasiado chusco, un vagabundo para la dama que me encontró en el camino. Así que le digo que no me venga con corralitos a lo alfredo, a mi que me den un pollo a la brasa y ya.

Pero la civilización avanza firme e inminente, y van quedando atrás los tiempos de pollo a la brasa y chifa, pollo a la brasa y chifa. Ahora hay que comer con clientes, con mujeres que, en su mayoría, no tienen nada interesante de que hablar, y solo. Sobre todo solo y es una suerte que ese hecho nunca me haya deprimido.

Fue así que un día, solo, encontré un sitio de pastas, un restaurancito porque no me gustan mucho las cadenas. Me sirvieron canelones con una salsa que ya ni recuerdo cómo se llamaba. Recuerdo que me gustaron mucho, recuerdo que en cierto momento cerré los ojos, y por medio segundo pensé “a ella le gustaría este lugar”.

Y no es la primera vez. Lo bueno de todo esto es que ya puedo abrir los ojos, pasado ese medio segundo, y reírme de mí mismo pensando: “ufa, me pasó de nuevo”.

La vida sigue, se dice. No se puede vivir llorando por el pasado. Qué bueno que nadie dijo nada sobre recordarlo con cariño.