Requiem for a cat

Todo aquel que me conozca un poco, o me tenga en facebook, sabe que no me gustan los gatos. Por mucho que digan que los gatos son súper limpios, lo que yo creo es que se bañan en su propia baba, y andan esparciendo sus infectas esporas alérgenas por donde vayan.

Por eso me hace renegar el asunto de los gatos del parque Kennedy, las pocas veces que voy digo, su presencia me hace somatizar, sentir que me ahogo, que me da un ataque de asma. La semana pasada estábamos en el mencionado parque con mi hermana mayor, que es alérgica a los gatos en un nivel que no se le desea a nadie, pues no puede tocar un gato con su dedo índice sin estar luego todo el día estornudando y frotándose los ojos. Caminábamos por el parque de lo más tranquilos, cuando me di cuenta de lo que estábamos haciendo, y le dije: “vámonos de aquí antes de que termines como Hitch por la alergia”.

hitch

Con todo esto ha quedado claro, querido lector, que los gatos no son, pues, de mis especies preferidas.

Mi padre tenía un gato. Mi padre siempre dice que no le gustan las mascotas. Desde que tengo memoria, todas las mascotas que tuvimos han sido cachorros que mi papá se encontraba en la calle y traía a la casa, para salvarlos de una muerte segura por hambre, atropello o apedreada de esos grupos de palomillas con retardo mental que han existido desde siempre. No es cierto lo de “las nuevas generaciones”, no.

De más está decir que a mí nunca me cayó bien ese gato. Gato marrullero, sobón y con cara de hipócrita. Llegó un día hace años, olfateando quizás la compasión que se esconde tras la máscara de mi viejo, flaco ojeroso cansado y sin ilusiones, gato macilento. Luego de unos meses se volvió un gato gordo enseñoreado por toda la casa, la de mi viejo, llenando todo de pelos, maullando dulcemente y frotándose en los pantalones de mi padre, y en los de nadie más, gato franelero.

Mi papá nunca le pone nombre a nada, así que se refería a él como ‘mi gato’. Yo que, por el contrario le pongo nombre o apodo a todo lo que puedo, le asigné el mote de ‘el gaturro feo’. Cuando yo llegaba a visitar, me miraba con su cara de espeso y no se quitaba del camino. Aunque a veces no resistía la tentación de echarle unas gotas de agua para que se moviera, nunca llegué a arrearle una patada o similar, ni aún cuando le arañó la nariz a mi Ágata, que sólo quería jugar. Y es que estoy en contra de la violencia, más no de los carnavales.

Mi padre tenía un gato, que dejó de existir ayer. Recuerdo que se enfermó hace unos días, y que ayer por la mañana mi viejo lo llevó al veterinario. Me lo comentó mientras almorzábamos, y al despedirme lo único que dije fue: “nos vemos pues viejito, ojalá se mejore el putorro ese”.

Llegaban las seis de la tarde y yo llevaba prisa para una reunión. Me lo encontré en la calle (vivimos cerca), y me dijo: “ya se murió mi gato”, a lo que respondí “bueno, ¿y ya lo enterraste?”. Me dijo que no, y me contó que habían hecho lo posible por salvarlo, y yo moviendo los piecitos porque estaba tarde, hasta que dijo “… pero ya no se pudo, se murió mi gatito”.

Yo que lo conozco, y sé que el nunca usa diminutivos con nada que no fueran sus hijos, o últimamente sus nietos, detuve el tiempo en ese momento, le dí una palmadita en el hombro: “Caballero mi viejo, tuvo una buena vida y se fue pronto, no sufrió”.

Y me fui pensativo. No lo abracé, porque los abrazos nunca estuvieron en nuestro código, aún cuando éramos todos niños. Hasta el día de hoy me es difícil dar un abrazo.

Ahora sé lo que en realidad siempre supe: que todos necesitamos una compañía, un objeto para nuestros afectos. Aún para esos afectos que no podemos demostrar. Y era ese odioso gato el que acompañaba a mi viejo, cuando hasta sus hijos revoloteaban ausentes de su casa, en el vórtice de la vida moderna.

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