Bro…

Ya he dicho que la vida es aquello que sucede cuando uno deja de trabajar. Si no lo has visto, querido lector, sugiero que revises la entrada anterior.

Entonces la vida se acaba todos los domingos a mediodía, cuando, cual nubes negras, se juntan todos los pendientes del lunes, de la inminente semana, y ya no puedes disfrutar el almuerzo, ni el viaje, ni nada.

Pero hoy caminaba y tuve un chispazo de emoción. Un flashback. Un impulso que dura menos de un segundo, como cuando enciendes un fósforo en medio del patio.

Fu, se apagó.

Y seguí caminando, caminando y pensando.

Pensando en lo lejos de aquellos años en que, despreocupados, celebrábamos nuestros martes de pisco. O lunes, o miércoles, o cualquier día que se pudiera, que eran todos. Que Pisco con naranja en tu casa, que una res en el Zela, que chilcanos en el bolivarcito, que el bodegon de Aldo para cambiar de ambiente, que mejor al Queirolo porque en el Bodegon hay mucho fumador de mierda.

Pensando en las excusas mas inverosímiles y sin embargo efectivas: ¿Has escuchado Tucán? ¿no?, ok tenemos que juntarnos y ponerla unas 20 veces antes de aburrirnos, y poner el resto de canciones de Miranda!. ¿Probaste ya el piscano?¿nooo?, pues te espero a las 7.30 en wong de Plaza San Micky. Y tomar en esa plazuelita sucia y disimular cuando pasaba serenazgo.

San Miguel era la voz. El centro de nuestra feliz vagancia. Caminar luego hasta Miguelon o al sanguchon campesino era el epílogo perfecto. Un taco mixto por favor, frejoles negros, harto guacamole, todas las cremas, menos ketchup. Una chelita de contrabando, porque allí no vendían licor. Y la conversación,la estrella de todas aquellas noches. Un amigo sincero con dos cualidades difíciles de encontrar: un delicioso manejo del idioma castellano, y la capacidad de debatir sin discutir. Hablar con usted era siempre enriquecerse, mi bro.

Así que hoy pasé por un sanguchon campesino, o mejor dicho, me encontré un sanguchon campesino caminando por la avenida la fontana con flora tristán, en la Molina. Inmediatamente sentí el impulso de llamar: Venga usted, comamos tacos hasta reventar y tengamos una de aquellas tertulias de hace tiempo.

En ese momento me di cuenta que no. Que tenía que seguir, que tenia planos para imprimir, un ingeniero que visitar, una cobranza que hacer y el día se acababa raudo, el sol se ponía naranja y la noche llegaba despacio. Entonces pensé también que estarías en tus cosas, en tu casa con tu familia, que no es propio, a estas alturas, llamarnos instándonos a salir ya pero ya!. Que cada quien tiene, ya, responsabilidades.

Entonces seguí caminando, y extrañando esas culturales chácharas, que pronto tendremos que retomar ¿verdad?, ¿verdad?.

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