Cuento Nº 7 – En el suelo

Y llegó el momento, el frío en la espalda, el blanco cubriéndole los ojos. Él adormecido, cuestionándose sobre todo lo que daba por sentado, preguntándose qué tan cierto puede ser que nunca llegas a conocer del todo a una persona, inventando un algoritmo para calcular a qué porcentaje sería posible llegar. Sería ella un campo verde, lleno de vegetación hasta donde alcanza la vista y más allá. Sería quizás un frío témpano, de cual sólo la punta es apreciable, del cual la mayor parte se hunde y se pierde en un océano igualmente insondable y oscuro.

¿Qué se ha visto?¿Un campo verde?¿Una montaña helada?. O quizás un viñedo cubierto por la escarcha, que promete sus frutos a quien sea capaz de protegerlo del frío y del granizo. Todo este tiempo y nada, no sabía nada. No sabía lo que había visto, no sabía si amaba lo que había visto o simplemente se había habituado. Entonces tuvo clara la idea de que no sabía.

Una botella de vino yacía olvidada en el suelo. El recuerdo fresco de unos besos, un abrazo profundo, el inicio de la pasión. De pronto unas lágrimas, de pronto simplemente se miraron a los ojos y todo se detuvo. De pronto eran dos personas en el suelo, lado a lado, mirando el cielorraso.

Ella respiraba despacio y profundo, queriendo calmar el torbellino de su pecho, deseando poder contener unas lágrimas que en apariencia no tenían razón de ser. Intentaba establecer un patrón, reconocer la diferencia entre luchar por algo que vale la pena y compeler algo que, naturalmente, no sería.

Cada persona que conocemos influye en nuestra vida, y lentamente vamos cambiando. Entonces cabe la pregunta: ¿a dónde se fueron quienes fuimos al conocernos?. Fuimos personas que ya no existen, y que sin embargo sobreviven en algún rincón apartado de la mente, en algún universo paralelo.

Entonces la persona tendida a su lado no era más el chico que conoció. Se preguntaba ella ¿cómo entonces pueden dos vidas cruzarse sin destruir a los dos individuos?, ¿cómo tener una seguridad sobre una persona que cambia invariablemente?¿se puede luchar por amor sin forzar algo que debería sencillamente fuir?.

En la habitación se escuchaban sólo dos respiraciones. Él tomó su mano tímidamente. Ella lo apretó entre sus dedos. Lentamente se durmieron, en el suelo.


Requiem for a cat

Todo aquel que me conozca un poco, o me tenga en facebook, sabe que no me gustan los gatos. Por mucho que digan que los gatos son súper limpios, lo que yo creo es que se bañan en su propia baba, y andan esparciendo sus infectas esporas alérgenas por donde vayan.

Por eso me hace renegar el asunto de los gatos del parque Kennedy, las pocas veces que voy digo, su presencia me hace somatizar, sentir que me ahogo, que me da un ataque de asma. La semana pasada estábamos en el mencionado parque con mi hermana mayor, que es alérgica a los gatos en un nivel que no se le desea a nadie, pues no puede tocar un gato con su dedo índice sin estar luego todo el día estornudando y frotándose los ojos. Caminábamos por el parque de lo más tranquilos, cuando me di cuenta de lo que estábamos haciendo, y le dije: “vámonos de aquí antes de que termines como Hitch por la alergia”.

hitch

Con todo esto ha quedado claro, querido lector, que los gatos no son, pues, de mis especies preferidas.

Mi padre tenía un gato. Mi padre siempre dice que no le gustan las mascotas. Desde que tengo memoria, todas las mascotas que tuvimos han sido cachorros que mi papá se encontraba en la calle y traía a la casa, para salvarlos de una muerte segura por hambre, atropello o apedreada de esos grupos de palomillas con retardo mental que han existido desde siempre. No es cierto lo de “las nuevas generaciones”, no.

De más está decir que a mí nunca me cayó bien ese gato. Gato marrullero, sobón y con cara de hipócrita. Llegó un día hace años, olfateando quizás la compasión que se esconde tras la máscara de mi viejo, flaco ojeroso cansado y sin ilusiones, gato macilento. Luego de unos meses se volvió un gato gordo enseñoreado por toda la casa, la de mi viejo, llenando todo de pelos, maullando dulcemente y frotándose en los pantalones de mi padre, y en los de nadie más, gato franelero.

Mi papá nunca le pone nombre a nada, así que se refería a él como ‘mi gato’. Yo que, por el contrario le pongo nombre o apodo a todo lo que puedo, le asigné el mote de ‘el gaturro feo’. Cuando yo llegaba a visitar, me miraba con su cara de espeso y no se quitaba del camino. Aunque a veces no resistía la tentación de echarle unas gotas de agua para que se moviera, nunca llegué a arrearle una patada o similar, ni aún cuando le arañó la nariz a mi Ágata, que sólo quería jugar. Y es que estoy en contra de la violencia, más no de los carnavales.

Mi padre tenía un gato, que dejó de existir ayer. Recuerdo que se enfermó hace unos días, y que ayer por la mañana mi viejo lo llevó al veterinario. Me lo comentó mientras almorzábamos, y al despedirme lo único que dije fue: “nos vemos pues viejito, ojalá se mejore el putorro ese”.

Llegaban las seis de la tarde y yo llevaba prisa para una reunión. Me lo encontré en la calle (vivimos cerca), y me dijo: “ya se murió mi gato”, a lo que respondí “bueno, ¿y ya lo enterraste?”. Me dijo que no, y me contó que habían hecho lo posible por salvarlo, y yo moviendo los piecitos porque estaba tarde, hasta que dijo “… pero ya no se pudo, se murió mi gatito”.

Yo que lo conozco, y sé que el nunca usa diminutivos con nada que no fueran sus hijos, o últimamente sus nietos, detuve el tiempo en ese momento, le dí una palmadita en el hombro: “Caballero mi viejo, tuvo una buena vida y se fue pronto, no sufrió”.

Y me fui pensativo. No lo abracé, porque los abrazos nunca estuvieron en nuestro código, aún cuando éramos todos niños. Hasta el día de hoy me es difícil dar un abrazo.

Ahora sé lo que en realidad siempre supe: que todos necesitamos una compañía, un objeto para nuestros afectos. Aún para esos afectos que no podemos demostrar. Y era ese odioso gato el que acompañaba a mi viejo, cuando hasta sus hijos revoloteaban ausentes de su casa, en el vórtice de la vida moderna.


El extraño extrañar

Comer debe ser una de las más extrañas formas de extrañar. Quiero decir comer en lugares nuevos, que en teoría no deberían estar relacionados con nada. Y de hecho no lo están, es el acto de comer.

Las calles, los semáforos, la ciudad completa como escenario de una obra fuera de temporada, quedan siempre impregnados de olores familiares; y sobre el concreto de oyen lejanos y conocidos ecos, el compás inconfundible de unos pasos, un nombre entre ese tumulto de murmullos al que nos hemos acostumbrado y que ahora llamamos silencio.

Entonces es lógico sentirse incompletos en aquellos lugares donde llenábamos una mesa mitad y mitad, donde deberían haber otras manos y otros labios haciendo el gesto de “oh, que bueno está esto”. Esos lugares es mejor evitarlos, so pena de melancolía.

Tengo un amigo que es medio divo, aunque él diga lo contrario. Conoce lugares y comidas, y es, en muchos sentidos, más limeño que yo, que siempre me he considerado un chusco. No sé si fue ése también un problema, ser demasiado chusco, un vagabundo para la dama que me encontró en el camino. Así que le digo que no me venga con corralitos a lo alfredo, a mi que me den un pollo a la brasa y ya.

Pero la civilización avanza firme e inminente, y van quedando atrás los tiempos de pollo a la brasa y chifa, pollo a la brasa y chifa. Ahora hay que comer con clientes, con mujeres que, en su mayoría, no tienen nada interesante de que hablar, y solo. Sobre todo solo y es una suerte que ese hecho nunca me haya deprimido.

Fue así que un día, solo, encontré un sitio de pastas, un restaurancito porque no me gustan mucho las cadenas. Me sirvieron canelones con una salsa que ya ni recuerdo cómo se llamaba. Recuerdo que me gustaron mucho, recuerdo que en cierto momento cerré los ojos, y por medio segundo pensé “a ella le gustaría este lugar”.

Y no es la primera vez. Lo bueno de todo esto es que ya puedo abrir los ojos, pasado ese medio segundo, y reírme de mí mismo pensando: “ufa, me pasó de nuevo”.

La vida sigue, se dice. No se puede vivir llorando por el pasado. Qué bueno que nadie dijo nada sobre recordarlo con cariño.


Meditación

CÓMO MEDITAR(*)

… Cierra los ojos y vuélvelos un poco hacia arriba. Ahora cuenta en forma regresiva de 100 a 1….”

Ok, pan comido dije yo… Cierro los ojos, no pienso en nada y hago mi conteo…

Primer intento: 100, 99,… miércoles hoy me toca ir a la procesión, ¿a que hora empezará?, ¿porqué no me acordé de ver el programa anoche?… Ufa ya me desconcentré, empecemos de nuevo.

Segundo intento: 100, 99, 98,… la proforma! la arquitecta no me ha enviado la proforma!. Me lleva el chanfle hoy es feriado así que fácil y ya no la manda hasta el lunes!. Bueno si no tiene solución mejor no pensar en eso ahora.

Tercer intento: 100,… ¿qué estará haciendo (inserte aquí nombre de mujer)?. Durmiendo seguramente, son las 5 de la mañana… ¿porqué estará saliendo con ese cara de pavo?… damn!

Cuarto intento: 100, 99, 98, 97, 96,… ¿y cuál es el problema finalmente?. No está saliendo contigo, puede salir con quien quiera. Ok cállate.

Quinto intento: 100, 99, 98,… ¿Se habrá molestado el ingeniero (inserte aquí apellido de ingeniero) por lo que le dije del precio?. Finalmente es trabajo, la idea es ganar el mendigo concurso. Si lo pone muy alto nos perjudica a todos. Es chamba! si se molesta mariconada suya pues!.

Sexto intento: 100, 99, 98,… no podemos perder ese maldito concur… grrr… 97, 96,… tengo que pensar una estrategia de negociac… maldición esto no funciona. Voy a bañarme de una vez mejor…

Y así fue como abandoné por ese día la idea de empezar a meditar. Ya lo volveré a intentar luego.

(*) “El método Silva para ejecutivos”. Javier Vergara Editor S.A. – Buenos Aires 1991.


Cuento N° 3 (El octubre de Julio – parte I)

“Soy músico, soy músico, soy músico…”

Con la brisa golpeándolo violentamente en la cara, entibiando sus mejillas ardientes de verguenza, Julio corría hacia el acantilado repitiendo estas palabras como una letanía.

Y mientras corría, cual escena de Capitán Tsubasa, venían a él todos los recuerdos, de cómo había llegado a este punto. Corría con una cartera, obviamente ajena, bajo el brazo, pero no quería, nunca quizo ser un ladrón.

Toda su vida había sido de trabajo. Desde pequeño sus padres, poco, hasta nada pudientes, le habían enseñado a ser resignado y trabajador. Tuvo una temprana inclinación hacia la música, e hizo de ella su oficio, músico ambulante del transporte público en la caótica Lima.

Y es Lima la ciudad multiforme por excelencia. A cada paso se aprecia la disparidad de sus elementos: mendigos que van a dormir en los jardines de las casas elegantes, turistas caminando entre alcohólicos y vagabundos en la Plaza Mayor.

Fue justamente en esta plaza donde, caminando él de regreso a su cuarto, una noche fría y garuosa(*), se encontraron mutuamente. Ella, una mujer de 20 años, a la cual la vida había maltratado hasta el extremo; y él, un músico que, a sus 19 años, no había conocido de cerca el amor.

Yacía ella, desabrigada al pie de la pileta donde en febrero hacen salir pisco en el primer sábado de carnavales, ante la indiferencia de la poca gente que transitaba por ahí a esa hora. Acurrucada entre la brisa helada que corría sobre sus hombros, y el también helado piso empedrado de la plaza. Él se acercó, caminando despacio, y ella escondió la cabeza entre las manos esperando, como tenía por costumbre, lo peor.

Sin embargo, lo peor no ocurrió. En vez de eso sintió una mano sobre la suya, y escuchó una voz de agradable timbre que le decía:

– Hola.

– Lárgate, déjame en paz – dijo ella, apartando bruscamente su mano. Una ciudad indiferente crea personas agresivas y odiosas.

– Quiero ayudarte, ¿cómo te llamas?…

– LÁRGATE! – mitad grito, mitad sollozo. Rabiosas lágrimas comenzaron a correr por sus sucias mejillas.

Sin saber qué hacer, Julio hizo lo que sabía. El espeso silencio de la noche limeña quedó roto por acordes de charango y una cansada y sin embargo melodiosa voz:

Lagrimas de luna vierten tu herida de amor palomita
Agonías largas de tus lindos ojos mirando a la nada
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor

No se si fue el vino de mis soledades que trajo tu aroma
Fue la locura que inocente engaña a los guitarreros
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor
Mi guitarra… evoca en sus notas tristes la queja silente del amor

Dormido embriagado alejo mis sueños por donde han venido
A todo galope alejo mis pasos del dulce hechizo
Mi guitarra volverá su alegría al rayar la aurora palomita
Mi guitarra volverá su alegría al rayar la aurora palomita
al rayar la aurora palomita
al rayar la aurora palomita… (**)

Cuando terminó, encontró un par de ojos negros que lo miraban, no con alegría, pero ya sin rabia. Le tendió la mano.

– Ven, te invito a cenar.

Ella la tomó sin contestar nada. Tenía hambre, y mucho frío. Temblaba. Él se quitó su casaquita de músico, imitación de cuero, y la puso sobre sus hombros. Los de ella. A través de la prenda, pudo sentir por primera vez el calor de su cuerpo.

Instalados ya, en uno de esos lugares, en calles perdidas donde la madrugada alberga a todo tipo de personas. Frente a frente, caldos de gallina humeando delante de sus narices, le preguntó:

– ¿Cómo te llamas?…

– Malena – dijo, mientras se quemaba la boca, en el afán de calmar su hambre.

– Soy Julio – le dijo, sonriéndole. Ella no contestó.

Comieron entonces, en silencio, cruzando miradas por ratos, y bajando los ojos con una media sonrisa cada vez que esto ocurría. Terminada la cena, y fuera del local, caminaron por las húmedas calles.

– ¿Dónde vives Malena?

– En ninguna parte, mi marido me botó a la calle.

– ¿No tienes familia?

Ella no respondió. Pasado un trecho, el silencio fue interrumpido, una vez más, por Julio.

– ¿Quieres quedarte en mi cuarto?, tengo espacio.

Tampoco dijo nada esta vez. Sólo movió la cabeza en señal de aceptación. Caminaron hasta la Alameda de Chabuca Granda y luego de cruzar el puente, tomaron un bus hacia uno de los conos, donde Julio alquilaba una habitación.

Ella iba en silencio, sin esperar nada. Aunque, en realidad lo que esperaba era que él la tomara esa noche, para luego tirarla por la mañana, como una servilleta sucia. Irritada por esta idea, se quitó la casaca y la puso sobre sus rodillas. Quizás hasta la golpearía, pero, en su retorcida mente, él se había ganado ese derecho por haberla invitado a cenar. Él entonces miraba sus hombros, llenos de hematomas, sus brazos dibujados de cicatrices, y no se atrevía a hablar. Era sin embargo ella dueña de unos ojos negros y profundos, y su rostro maltratado exhibía algunos rastros de una belleza triste. No, no se atrevía a hablar, tal era la concentración que veía en su ceño, que no quiso interrumpir sus pensamientos.

Llegando a uno de esos barrios tugurizados que abundan en los conos, entraron en una apretujada casa, de cuatro pisos, tres de los cuales eran ocupados por inquilinos, todos de modesto ingreso, como Julio.

Una vez dentro, le dijo a Malena que podía bañarse en el baño que compartía con todo el piso. Ella se metió a la ducha, refrescando sus heridas, mas no sus ideas. Se aseó muy bien esperando simplemente estar lista para él. Era la suya una autoestima dañada por muchos años, casi todos los de su vida.

Y lo que sucedió fue una de esas sorpresas que alivian aunque no curan. Julio había tendido una frazada en el suelo, y le dijo que dormiría ahí, que ella podía dormir en su cama.

Se acostaron los dos: ella aliviada aunque extrañada, rendida de cansancio. Él sonriente, sin saber que no todas las historias de amor terminan bien.

____________

(*) Esa garúa fina que caen cual rocío de madrugada sobre Lima, y que no merece ser llamada lluvia, por tanto, lluviosa no es la palabra adecuada.

(**)  Lágrimas de luna – Gaitán Castro.


Caballero monse(*)

Regresaba, querido lector, a altas horas de la noche a mi casa, en un bus donde, cual sardinas, trasnochados pasajeros intentábamos mantener el equilibrio. Con un libro bajo el brazo izquierdo, y con la mano derecha aferrada al pasamanos, escuché al tipo que estaba sentado más cerca a mí comentar que bajaría un par de paraderos más adelante. Ante tal anuncio, miré a mis costados para ceder el asiento a alguna señora que estuviera cerca, si la hubiera.

A mi costado derecho estaba parado un tipo alto, que parecía como de construcción civil, quien fue inmediatamente descartado como candidato a alguna concesión de mi parte. A mi izquierda había una persona de estatura baja, cuyo género no pude identificar al principio, y cuyo aspecto inicialmente andrógino fue la causa de mi posterior verguenza.

Pensaba yo: “Si es una señora, corresponde que le ceda el asiento, y si es un tipo, pues que se funda, a la gana gana me siento y ya”.

Dicho esto empecé a examinar los datos disponibles. Primero las manos: manos morenas y toscas, que bien podían ser de hombre o de una mujer trabajadora, de las que abundan en nuestro querido país. Segundo: cabello, corto pero no tanto; bien podía ser una mujer de cabello corto o un hombre de cabello un poco largo. (Damn! dije en ese momento). Tercero: vestimenta. Polo holgado, pantalones anchos, nada me decían. Casi en desesperación, busqué verle la cara. En vano, la tenía cubierta por la visera de una gorra roja, y miraba hacia el suelo.

Derrotado, recurrí a mi último recurso, y créame, querido lector, cuando le digo que fue con fines puramente académicos: Los pechos. No es lo mismo pecho de mujer, por muy mayor que sea, que el pecho de un tipo gordo, así que la evidencia sería infalible. Inclinando el cuello, giré levemente y ¡Bingo!, los pechos delatores me indicaron que se trataba de una señora.

Hasta ese preciso instante, todo bien. Lo malo fue que cuando levanté la mirada, me encontré con una cara de señora, qué digo señora, de señora empinchadísima, una cara de que-miercoles-estas-mirando-muchachito-del-demonio-enfermo-de-porquería.

Abrí los ojos como luna llena (Juan Luis Guerra style), y no supe qué decir. Me salvó el hombre que se levantó de su asiento para bajarse.

Le cedí el asiento y me cambié de pasamanos, alejándome lo más posible de aquella señora.

(*)Monse: peruanismo que indica torpeza. Palurdo.


Cuento Nº 2 (Archivo)

A sus 45 años, Claudia quería una aventura con su jefe.

No era amor, aunque mil veces ella hubiera querido que lo sea. Casada por obligación a los 19 años, embarazada de otro, su esposo aceptó en aquel tiempo casarse con ella, sabiendo del embarazo y sabiendo también que ella no lo quería. Ella lo rechazó los primeros meses del matrimonio, y él se encargó de que nunca olvidara lo sucedido durante el resto de su vida en común. Veintiséis años después, una aventura era como una pseudo venganza, simplemente un desahogo tal vez.

Claudia escribía cartas para su jefe, pero sabía que nunca tendría el valor de hacérselo saber. Teniendo además un tiránico marido en casa, escondía sus escritos en el archivo de la oficina, en la letra “F”, que era la inicial del hombre que le extendía su cheque a fin de mes. Al archivo nadie más que ella tenía acceso, ya que cuando Mr. F necesitaba algo de ahí, se lo pedía siempre a ella.

Estas cartas impresentables no eran de amor. Eran mas de desesperación, apasionadas y hasta pornográficas. Claudia había creado un mundo paralelo en estas cartas, un mundo en que podrían los dos vivir felices, con ella como harem personal y unitario de él. Eran escritas a mano, siempre a media tarde, cuando la carga de trabajo se aligeraba y podía disfrutar de la frescura de la hora de la siesta. Aunque claro, la siesta ha pasado ya a ser una práctica anacrónica y olvidada, como el hábito de escribir cartas a mano. De todos modos, ella pensaba que las computadoras le quitaban ese efecto mágico que sólo tienen las palabras forjadas a puño y letra.

Aunque, de hecho, el efecto mágico sólo lo compartían ella y el file de la letra “F”, refundido en el archivo. Eso no importaba. Quizás un día tendría el valor para…

No. Nunca tendría el valor. Finalmente el valor no fue en absoluto necesario.

Sucedió una mañana de octubre. Claudia había tenido un horrible fin de semana, sin agua en su departamento. Su llave de entrada se había roto sin razón aparente y tuvieron que cortar el flujo en todo el piso, pues la inundación de su baño había dejado sin agua a los vecinos de arriba y amenazaba además con extenderse y mojar la alfombra de la sala. Llamó a un gasfitero, quien le dijo que no podría presentarse hasta el lunes por la mañana.

El lunes a primera hora de la mañana, el señor F. fue despertado por la llamada de su secretaria, anunciándole que por problemas domésticos que explicaría posteriormente, se retrasaría en su llegada a la oficina. “Ok, yo me encargo hasta que llegues”, fue toda su respuesta.

El gasfitero quedó a las 8, llegó a las 9 y se fue a las 10. Claudia tomó el baño mas helado y rápido de su vida, y llegó en taxi, pasadas las 10.30. En las escaleras rumbo al segundo piso se cruzó con el Señor Fudimoto, empresario ganadero, que había encargado el diseño de una planta procesadora de leche, o algo así, a la empresa donde laboraba su jefe. Con la prisa, con los nervios, no cayó en cuenta de nada hasta que todo fue obvio.

Llegó a la oficina e inmediatamente se dirigió al despacho donde se encontraba ya el señor F., dispuesta  saludar y explicar el motivo de la demora. Saludó no bien entraba, y al no recibir respuesta, bajó los ojos para descubrir el expediente Fudimoto sobre el escritorio de su jefe, y sus ojos absortos, sobre un papel que sostenía entre sus manos, y los otros papeles haciendo un montículo sobre el escritorio, cerca del expediente.

¡Sus cartas!.

En ese momento todo empezó a suceder muy lentamente. Claudia se abalanzó y arrancó la carta de las manos de Mr. F., guardándola atropelladamente, y junto con las demás, dentro de su cartera. Salió corriendo del edificio, con la cara quemándole de vergüenza y con intenciones de no volver nunca más.

Corrió 5, quizás 6 cuadras. Cansada y con los tacones arruinados, comenzó a caminar lenta y lastimosamente, sin rumbo. Pensó en ir a tirarse por un acantilado, pero el más cercano estaba bastante lejos, y tomar un taxi en ese estado era condenarse a las estúpidas preguntas de alguien que en su casa (como ella) no tiene con quien hablar.

De pronto sintió un fuerte tirón en el brazo izquierdo, y se encontró a sí misma sentada en el suelo, sin cartera.

– ¡LADRÓN! – alcanzó a gritar antes de, inevitablemente, ponerse a llorar.

Dos muchachos salieron de un taller de mecánica vecino, y corrieron para atrapar al delincuente. Pero era una persecución sin sentido. El muy maldito les había sacado ya bastante ventaja.

Ella se dejó caer boca arriba sobre la vereda y suspiró. Que se vaya el jodido ladrón. Que se lleve sus documentos, su dinero, su secreto y su identidad. Ya qué más daba. Que se vaya lejos, muy lejos y se lleve todo consigo.

Los tacos de sus zapatos estaban rotos. Se los quitó y se fue caminando, a su casa.


Esas historias de adentro

Divagando navegando por la web, encontré una entrada antigua de este pequeño blog, que escribí en Abril de 2007, una historia pequeña y sin sentido, y que sin embargo reflejaba lo que quise hacer cuando lo inicié.

Escribir esas historias que viven dentro de uno. Personajes de universos inexistentes que, sin embargo, tienen derecho a una efímera existencia en un sitio web por desconocido que sea.

Chico lácteo es uno de ellos. Un alter ego que me susurra historias en los momentos mas insospechados, en la combi, en pleno examen final. Historias que luchan y finalmente mueren si no son plasmadas. Plasmar sus historias fue lo que teóricamente me motivó a retomar el blog en mayo del año pasado. Y año y medio después, el momento ha llegado.

Pido las disculpas al lector si las primeras historias son pésimas. Generalmente están contaminadas de realidad. A medida que vaya dejándolas salir, serán cada vez mejores.

Por lo pronto, los dejo con la historia que motivó este post, titulada “Sólo un Café”:

Sólo un café:

Me llamó por teléfono mi papá, para salir a cenar juntos.

La veía en medio de una bruma. Cansada y con los zapatos apretándole los pies, casi estrangulando sus ganas de seguir viviendo. Salió del edificio caminando lento, ignorando completamente los hasta mañanas de sus conocidos y los eventuales piropos, buenos y no tan buenos, de los desconocidos. Una Penélope moderna no teje ni desteje, sólo se pone los audífonos y finge no escuchar a nadie.

Caía la tarde, junto con una lágrima anaranjada que rodaba lentamente por su mejilla. Levantó la vista al sol y sonrió tristemente, en una especie de desesperado deja vú. Hubo un tiempo en que era el ocaso su espectáculo favorito, sentada en algún carcomido murito de malecón, del brazo de un ser del que ahora sólo conservaba el olor.

Ese olor. Era como de café recién molido y tostándose. Era como el olor de hogar. Desde que se fue su casa dejó de oler a hogar. No quería volver, no quería llegar y encontrar la casa vacía otra vez, vacía y sin olor. Así que caminó, ipod en mano, sin rumbo fijo, buscando únicamente un lugar donde tomar un café, un café oloroso y con cuerpo, un café que sea como él.

Encontró un lugar y entró. Se sentó en una mesa, sin quitarse los audífonos, y pidió un Café Calipso, sin darse cuenta que estaba gritando. Todos los presentes voltearon a verla, pero no se dió por enterada: estaba escuchando “Marinero de luces” en su ipod.

…Marinero de luces, con alma de fuego y espalda morena
Se quedo tu velero perdido en los mares…

Pensar, y esperar. ¿Qué otra cosa podía hacer?. Él se fue, dejándola prisionera de una casa vacía y sin olor, sin explicar nada, y sin embargo, ella no deseaba otra cosa que verlo volver, a donde fuera que se haya ido.

Se tomaba lentamente el café, su café. A medida que éste se acababa, crecía en ella el miedo de tener que pararse e ir a casa. Miró a la ventana y vió que había empezado a llover. Mejor, así podría quedarse todo el tiempo del mundo tomándose su café despacito, sin prisa hasta esperar que cese la lluvia.

Pero, pensó, si caminara bajo la lluvia, podría llorar y nadie lo notaría. Al instante se dió cuenta que de todas formas nadie notaría el llanto de una chica en una ciudad tan fría como esta, tan indiferente.

Finalmente se decidió a dejar el café a medio terminar, pagó y se fue, caminando bajo la lluvia.

…Olvidaste que yo gaviota de luna
Te estaba esperando,
Y te fuiste meciendo en olas de plata…

Pobre Penélope, pensé, si es que así se llama. Nunca le puse nombre.

Escucho que golpean la puerta. Es mi papá, que seguramente se cansó de esperarme en su casa, y vino a recogerme.

(Re)tomado de clonpi.funpic.de


Loco

lebret

Hoy me hablaron de Louis Joseph Lebret, economista y clérigo. Como me lo mencionaron en un curso que me gusta (porque el ciclo ya acabó y estas clases son para quien le de la gana de ir no más), y como soy recontra sapo, averigüé un poco de él en internet. A pesar de que fundó su movimiento “Economía y Humanismo” en 1941, aplica principios que muy bien podrían aplicarse el día de hoy.

Esto demuestra una vez más, que no todo pasado es para enterrar, y que los viejos tienen un millon de cosas que enseñarnos, como esta oración, escrita por el propio Lebret:

“Hay hoy demasiados sabios, demasiados prudentes.
Siempre calculando, siempre midiendo.

¡Pensad que pasaría si tuvieran que romper con su mundo,
si sus padres supiesen que nunca alcanzarían una posición honorable,
si tuviesen, aunque fuese por poco tiempo, que vivir en la inseguridad!

¡Oh Dios! Envíanos locos,
de los que se comprometen a fondo,
de los que se olvidan de sí mismos,
de los que aman con algo más que con palabras,
de los que entregan su vida de verdad y hasta el fin.

Danos locos, chiflados, apasionados,
hombres capaces de dar el salto en la inseguridad,
hacia la creciente incertidumbre de la pobreza;
que acepten diluirse en la muchedumbre anónima
sin pretensiones de colgarse una medalla,
no utilizando sus cualidades mas que en provecho de sus gentes.

Danos locos Señor,
locos del presente,
enamorados de una forma de vida sencilla,
liberadores eficientes de los que no cuentan para nadie,
amantes de la paz,
puros en su corazón, resueltos a nunca traicionar,
capaces de aceptar cualquier reto,
de acudir donde sea,
libres y obedientes,
espontáneos y tenaces,
tiernos y fuertes.”

Hoy que leí esto, lo primero que pensé fue: “Me uno, Señor, mándanos locos!”.


Los males de la religión (I)

diezmo

Hagamos, querido lector, el ejercicio de separar a Dios de la religión.

Dios nos creó, nos ama, nos cuida, nos escucha, y nos da siempre lo que más nos conviene, aunque paradójicamente pocas veces coincide eso con lo que pedimos. La razón de esto será materia de otro post.

Por otro lado está la religión. No la católica especialmente, ni la pentecostal ni la musulmana, ni ninguna otra sino todas en general.

¿Cómo nacen las instituciones religiosas? ¿Cuál es su motivación?. El poder.

En tiempos actuales, básicamente poder económico, salvo la iglesia Católica, cuyo líder en nuestro país es uno de los más desparpajados interventores en la política peruana, en un vano intento de vivir en el pasado, cuando el catolicismo concentraba el poder político, económico y religioso. Todo esto, claro, fuera del gran poder económico que maneja.

Pero ahora, lo que más se valora es el poder económico. La política es sucia, abiertamente corrupta e inevitablemente efímera; en palabras de nuestro genial y fallecido Sofocleto: “…cada 5 años, el político pasa del poder a la cárcel, como debe ser…”. Sin embargo el poder económico puede ser secretamente corrupto, y te da mas años de buena vida y poca vergüenza.

Entonces uno se explica el porqué de la existencia de tantas iglesias: Movimiento Misionero Mundial, la de Jesucristo de los Santos de los últimos Días, Iglesia Dios es Amor, Testigos de Jehová. Hasta existen “escuelas para pastores”, donde el lema es “para aprender a ser pescadores de hombres”. Ingenioso ardid para tomar una frase de Jesús para su beneficio.

Pero no sólo eso. Con el cuento de que “lo dice la biblia”, tienen cogidos por el cogote a miles, quizás millones de incautos a quienes cobran “el diezmo”, es decir la décima parte de sus ingresos mensuales. Calcule usted, querido lector: la comunidad mas pequeña de 100 personas, paga el 10%, es decir 10 sueldos al mal llamado “pastor”. Imagínese esos que tienen miles de adeptos, negocio REDONDO. Los que son puntuales en sus pagos, porque hay un control que envidiarían los bancos, reciben una palmadita en la cabeza y el título de “buen diezmista” de su pastor. No lo digo yo, me lo dijo una señora de pocos recursos, que sin embargo “diezmaba” puntualmente, todos los meses.

¿Y cuál es la base para estos cobros?. Para el monto, el antiguo testamento, que nos cuenta que en las comunidades antiguas se daba este impuesto a las comunidades. Y como apoyo, la cita “todo trabajador merece su salario”, dicha por el propio Jesús al enviar a sus discípulos a predicar.

Y de todo esto, mi opinión: Ciertamente todo trabajador merece su salario, pero ningún pastor merece explotar de tal manera a su pueblo. Lo que Jesús dijo cuando envió a sus discípulos fue que cuando alguien los invite a su casa, quédense, y si les dan de comer, acepten, porque cada trabajador merece su salario. Visto de este modo, el pastor es una persona que predica la palabra, y vive de la buena voluntad de su comunidad.

El buen pastor no tiene mansiones, ni Rolls Royce, el buen pastor está con su rebaño y para ellos vive. él predica la palabra y no espera recompensa, más que un aporte voluntario de los suyos.

Pruebe usted, querido lector, no pagar el diezmo ni dar limosna en su institución religiosa. La teoría es que, su pastor no debería dejar de brindarle a usted la palabra de Dios. Si lo priva de ella, no es un hombre de Dios, sino del dinero.

Y ya sabemos que no se puede servir a Dios y al dinero, porque el que ama el dinero sobre todas las cosas aborrece a Dios.