DOS: La libertad y las restricciones – parte I

Hace algunos años, querido hijo, caminando por un solitario cerro, iba conmigo un hombre empeñado en contarme su vida, o parte de ella. Yo escuchaba, y caminaba, esperando aprender algo. Sobre la historia que contaba, era ésta:

“Cuando joven, quise ser diseñador gráfico. En aquellos tiempo no existían los programas de computación que ahora vemos, eran las primeras versiones, habían muy pocas computadoras, y demás está decir que estudiar esa carrera era MUY caro aquí en Lima. Pero esa fue la vocación que yo tenía, y cuando mis padres no pudieron darme esos estudios, decidí no estudiar nada y volverme comerciante. Hoy mi hijo está a punto de terminar sus estudios de diseño gráfico, y ni siquiera tiene 20 años. Bueno, la verdad es que él no quería estudiar eso, yo lo obligué. Pero porque sé que es una buena carrera y con un buen futuro. Además, es una forma de cumplir mi sueño, aunque sea a través de mi hijo.”

Este hombre era un cliente mío, y cuando se empeñó en que le diera la razón, en que le dijera que había obrado bien, sólo pude guardar silencio y mirar a lo lejos, al horizonte, exhalando una bocanada de aire, a modo de plegaria por esas dos vidas rotas.

Conocí también un hombre que soñó un gran porvenir para su hijo: Lo soñó como un gran ingeniero, que trabajaría para una gran empresa petrolera. Lo soñó como la roca que sostendría a la familia entera: “tu verás por tus hermanos y por tu madre cuando yo no esté” solía decirle desde pequeño. Ya se lo imaginaba, llegando después de tres meses de estar internado en la selva, o en alguna mina, billetera gordísima, ganaría la estima de todos con sus regalos, saldría luego a la calle y todos lo saludarían, lo admirarían, y sus padres estarían orgullosos de su hijo, el ingeniero.

Era, sin duda, un porvenir brillante. Pero había un problema: el hijo no deseaba ése destino. Cuando se convirtió en hombre, tiró la carga que le habían impuesto a un lado de su camino, y se fue. La buena noticia sobre este hijo es que aunque decepcionó a sus padres, hasta donde sé no se ha decepcionado a sí mismo.

Te digo todo esto como un preámbulo al conocimiento que hoy quiero compartir contigo, y éste es:

“Estamos en este mundo para soñar nuestros propios sueños, y para hacerlos realidad por nosotros mismos”

Si alguien me pregunta sobre qué quiero que seas, responderé “feliz”. Porque eso es lo que deseo, porque todo lo que hago apunta a eso, querido Ikal. La carrera que quieras estudiar, el equipo de futbol que quieras alentar, todas las decisiones que te identifiquen, podrás tomarlas por ti mismo.

Como puedes ver, ésta no es una simple carta. A través de ella, te concedo el poder de elegir, te concedo el poder de soñar tus propios sueños, y por último, te concedo la fuerza y determinación para hacerlos realidad. Recibe, amado hijo, las bendiciones de tu padre.

Y ten siempre en cuenta que estoy orgulloso de ti. Ten en cuenta que no existe titulo que valga más a mis ojos que el que ya tienes: eres MI HIJO, y el valor que ese título te da no puede ser tocado ni disminuido. Cuando vayas al mundo, ve con confianza, que cada uno de tus pasos irá acompañado del amor de nosotros, tus padres.


Uno: De cómo y cuando empecé a ser tu padre

Hola hijo. Ésta es la primera de las cartas que desde antes que nacieras he querido escribirte. Y decidí empezar hoy porque te ví después de tres días, y me di cuenta que te había extrañado un montón. Es mi intención estar siempre contigo, sin embargo deseo también recordar estos días, que no se pierdan las memorias de lo que pienso hoy, de lo que significa hoy esta gran aventura de ser tu padre.

Quiero decirte, en primer lugar, y tomando prestada la idea de Yokoi Kenji (ve el vídeo de abajo), que tu madre empezó a ser tu madre meses antes de empezar yo a ser tu padre. Tu fuiste de ella antes, y ella de ti, durante el tiempo que viviste dentro de ella. En esos tiempos yo era tu progenitor, y nada más, a lo mucho el encargado de traer las frutitas y los dulces y los makis y todo lo que, muy astutamente, quisiste probar antes de nacer.

Pero el centro de esta primera carta es confesarte que mi debut como padre fue con un grito. El grito que le di al doctor y a la enfermera pocos minutos después de que nacieras.

El día que naciste fue todo adrenalina, desde el inicio. Habíamos programado con mamá que nacieras por cesárea la semana siguiente al día en que decidiste llegar. Estuvimos, hasta exactamente 12 horas antes de que nacieras, haciendo arreglos a la casa, instalando la nueva cocina con familiares que vinieron a ayudar, limpiando, ordenando, y teníamos planeado seguir con eso varios días más. Pero llegaste, hijo, e ibas a encontrar la casa de cabeza de no ser por la familia que vino a limpiar mientras mamá, tú y yo estábamos en la clínica. Y es que ese día, desde las 6 de la mañana empezaste a moverte y a contraer a mamá. A las 8.30 fuimos a la clínica “porsiacaso” y tres horas y pico más tarde me estrenaba como padre, gritandole al personal de la clínica.

Y fue así: Tu nacimiento fue por una cesárea de emergencia, por motivos medicos no podía ser parto natural, así que cuando llegó mamá con las contracciones, inmediatamente la pasaron a sala, para hacer la cesárea. Nos dijeron que había que traer un ajuar más, que te iba a faltar ropa, y como con mamá habíamos preparado toda tu ropa lavandola, desinfectandola y planchandola antes de que tengas que usar ropa comprada en la clinica y que quien sabe por que cochina fábrica habría pasado, pues me regresé a casa a traer lo que pidieron. El hecho es que mientras yo recogía tu ropa, y volvía a la clínica, pasaron a sala a mami, y yo llegué cuando estabas a punto de nacer.

Llevaba una cámara para tener un recuerdo de cómo eras cuando naciste. Un recuerdo para la familia, para mamá y para mí. Me hicieron entrar, así bien campechanos: “¡Ah señor, ya puede pasar! ¡seguro que quiere tomar muchas fotos para el facebook!“. Se me hizo ridículo el comentario pero acababa de nacer mi primogénito así que seguí de largo. Entré a la sala, y a los segundos, desde un corte que le hicieron a mamá te pude ver por primera vez. Lo cierto es que los doctores hicieron un buen trabajo: te sacaron, te limpiaron, te secaron, midieron, pesaron, en fin, todo su proceso, proceso durante el cual me quedé sin querer respirar y tomé exactamente 7 fotos, de ti. Luego me detuve, me quedé de piedra mirandote, mirando a mamá cuyo rostro no podía verme desde atrás de la cortina, no podía saber que yo ya estaba ahí con ustedes.

Y estando yo ahí, embelesado contigo, preocupado por mamá, pensativo, me despierta la enfermera: ¡Señor!¡Tome más fotos! ¡aproveche para el facebook!, y el doctor a secundarla: ¡Sí, sí, aproveche!¡Tome todas las fotos que pueda!.

– ¡A MÍ QUÉ ME IMPORTA EL FACEBOOK!, ¡DÍGAME SI NACIÓ BIEN MI HIJO!, ¡DÍGAME CÓMO ESTÁ MI MUJER!, ¡HAGAN SU TRABAJO!.

Y fue ese el primer gesto que me convirtió en tu padre. Nunca publiqué ni publicaré en ningún sitio esas fotos. Son mías, son de mamá, son tuyas y de nadie más. No pretendo entender a las persona que publican fotos de las ecografias, de señoras desencajadas y bebés ensangrentados, pero yo no. Yo no te faltaría el respeto de esa manera hijo.

Pero claro, no tengo intención de convencerte que un simple grito me convirtió en tu padre y ya está. Ése fue el inicio y nada más. Es desde ahí que empieza todo, la travesía de ser para ti, de dedicar mi vida a que seas feliz, el reto de ser digno de ti, y de la maravillosa mujer que es tu madre.

Hoy siento que soy tu padre porque despierto cada día con una energía nueva, con una idea nueva pensada gracias a ti.

Porque si antes no le temía al fracaso, hoy el fracaso no es una opción, pues a cada momento me repito que debo ser digno de ti.

Porque hace sólo dos años era un chico que si tenía que trabajar y se cansaba, se iba a dormir. Porque hoy soy un hombre, que si se cansa sigue, porque ya no soy sólo yo, porque ahora te tengo a ti.

Porque me has hecho mejor. Porque quiero hacerte bueno. Gracias. Te amo hijo.