Café

A mí me gusta el frío, pero no trabajar con frío.

Cuando hace frío prefiero ponerme botas de lana y hacer maratón de series, de dormir, o de hacer cucharita y vivir la vida.

Porque la vida es todo eso que pasa apenas dejas de trabajar. La oficina, las facturas, los planos, las ventas y demandas y contrademandas no son la vida. La vida empieza apenas termina todo eso. Empieza cuando se van todos y presuroso, me alisto para salir también.

La vida es el camino, ansioso de ver a mi familia. Es llegar y escuchar gritar “Papá!” a mi querido hijo. Son los ojos de la amada, que nunca dice nada pero me mira y ya, ya lo sé todo.

Pero hace frío y aquí en la oficina el tac tac los teclados nos recuerda el tic tac de los relojes. Hace frío y los ánimos se ponen grises a falta de buenas noticias. Las miradas fijas en los monitores, como una horda de desconocidos.

Hasta que llega el café salvador. Ese que nos hace olerlo y levantar la mirada, mirarnos todos, y seguir avanzando. Al futuro o a donde sea, pero allá vamos.


El último “gracias”

Estrés.

Me ha parecido siempre una palabra ridícula. Bueno, no siempre, digamos que desde que decidí tomarme la vida como venga, desde el día que decidí desterrar el drama de mi rutina. Sí, desde aquellos días fue.

Pero hay días y días. Hay días en que las decisiones pasadas pesan y quieren doler, quieren aplastarte y por fuerza, hacer que te declares vencido. Hay días en que levantas la cabeza y miras alrededor preguntandote: ¿Pero que mier…?¿Qué es lo que estoy haciendo?.

Entonces hay que subir al techo, o salir a caminar a la calle, a cualquier lugar donde no haya ruido y sí aire fresco. A razonar con ese yo pesimista con el que hay que luchar, porque puede dormir pero nunca se muere del todo, porque siempre estará allí para decir “te lo dije” cuando las cosas no van tan bien.

Este yo pesimista logra a veces que me cuestione: sería todo más facil si consiguiera un empleo como todos, un ingreso fijo, una vida promedio contra la que no tengo nada, pero que no me resulta de todo atractiva. Pero, ¿es la inestabilidad mejor que eso?.

Recapitulemos: Dejando a un lado las cosas malas: dejando a un lado que a veces se trabaja y se trabaja y los pagos se atrasan y se atrasan, dejando a un lado que a veces hay que vivir de crédito y los intereses no perdonan, dejando de lado lo cansado que es todo esto.

Dejando de lado eso, están los beneficios: estoy haciendo exactamente lo que quiero hacer, si bien los pagos demoran, en promedio son mas altos que los de un empleado promedio, tengo tiempo para ver crecer a mi hijo, es más, he separado un día laborable completo en el que no tengo que trabajar y puedo pasar todo el día con él.

Yo no sé usted, querido lector, pero esos a mí me parecen grandes beneficios. Yo respeto a la gente que elige un empleo, pero no creo tener madera para obedecer sin cuestionar, no creo poder soportar meses en alguna mina sin ver a mi familia. Prefiero quedarme y nadar entre las olas, en vez de caminar sobre el seguro asfalto.

Y doy gracias por eso. Gracias por todo, y sobre todo gracias, porque tengo fuerza para trabajar, porque puedo cada noche caer exhausto y pensar “bien!, hoy se ha hecho bastante”.


La espectativa del 14 de febrero

mafaldapatria

Al borde de los 35 años… ¡qué digo al borde!, con 35 años recién cumplidos, pienso que hemos llegado a la etapa de superar las emociones adolescentes, que ya no sufrimos más por esas ilusiones que hace unos años, ingenuamente, llamábamos “amor”, que estamos todos, o al menos la gran mayoría, ya establecidos y felices por ello.

Pienso que ya sabemos que es mejor hacer especial cada día a esperar una orden del almanaque (mafalda dixit) para resarcir toditas las idioteces cometidas durante el año.

De pronto gente salvaje aparece, haciendo planes para el 14 de febrero, diciendo (como para que lo lea su pareja, supongo) que esperan ser “sorprendidas” ese día, y otras, y muchas otras hierbas parecidas.

Entonces me pregunto si son ellos o soy yo. Si ellos son los que no han madurado, o si soy yo el Benjamin Button de mi generación, amargado y desencantado de la vida, sin nada que pueda ilusionarme ya.

Es el mundo, sin duda, el que nunca deja de sorprenderme.


Reminiscencias de Fred

PRIMERA PARTE

Los primeros tiempos fueron de calor. Nadaba feliz y tenía hermanos. Y mamá latía para todos, nos abrigaba, y nos prometía amor con dulces gemidos. Era invierno, pero no para nosotros.

Y hubo un tiempo para nacer. Mi primera impresión fue que el mundo era un lugar frío y maloliente. No podía ver nada, pero cuando pude, fue peor. En este mundo no habían los colores con que soñaba flotando en el vientre de mamá. Todo era gris, el cielo, las paredes de aquel patio destartalado, la misma lluvia que caia para congelarnos. Entonces tuve frío y lloré, y mis hermanos lloraron conmigo, pero nadie vino. Sólo nuestra madre, famélica y amosorsa, nos abrigaba y alimentaba en su seno la mayor parte del tiempo.

De vez en cuando, se iba, ahora comprendo que a buscar algo con que alimentarse ella para luego venir y poder seguir cuidandonos. Así fue como crecimos, en aquella casa abandonada, como una jauría salvaje. Con el tiempo, mamá nos traía huesos viejos para roer. Con el tiempo, empezamos cada quien a merodear los alrededores. Con el tiempo, llegó el día en que mamá no volvió más.

Llegó entonces, el tiempo de salir a la vida. El tiempo de buscar cada quien su propio camino. No quiero recordar, pero me aguijonea el recuerdo de dos de mis hermanos. Ellos murieron aplastados por un auto el primer día al cruzar la calle. Suertudo el que murió al instante. No tanto el que se arrastró y se arrastró, para dar el ultimo suspiro al borde del camino. Descubrí entonces que la calle debía cruzarse muy cuidadosamente.

SEGUNDA PARTE

Memorable fue el día que, al cruzar la calle, vi pasar una perra con una cadena, y del otro lado de la cadena había un tipo, un humano. Me pareció curiosísimo que ella iba sujeta pero iba feliz, su lengua fuera, su postura erguida y la cola hacia el cielo. Decidí entonces que la felicidad consistía en conseguir una cadena con su humano al otro extremo.

Ya en ese entonces había aprendido algunas cosas: que la comida para nosotros estaba en los basureros, que algo se conseguía en los mercados, pero ya había ahí demasiadas bocas hambrientas, ya había ahí una lucha encarnizada por sobrevivir. Aún así luché, era pequeño, estaba mal comido, pero luché. Me mordieron, me corrieron, me echaron agua fría, agua caliente, agua sucia, piedras y ladrillos.

Hasta que un día una piedra hizo su trabajo, y no pude caminar más. Algo andaba mal con mis patas traseras, sólo lograba arrastrarme, y no alcanzaba a comer, tampoco a huir de los mordiscos, del agua fria, caliente, sucia, ni de las piedras. Decidí volver a los basureros, y una vez ahí, enfermé. Era cojo, y enfermo. Perro loco, cojo y enfermo, a quien nadie quería. Cuando era más pequeño, la gente solía decirme “lindo perrito” y luego se iban, no me permitían ir con ellos y ponerme una cadena. Ahora mayor, enfermo, cojo, loco y pelado además, ya que mi pelo empezó a caerse. Decidí que ya no valía la pena luchar, y busqué un lugar donde dormir. Dormir por siempre y soñar con un lugar cálido y con hermanos para poder nadar, arrullado por los latidos de mamá, y con sus promesas de amor en el ambiente, tal como debe ser la voz de Dios.

TERCERA PARTE

Dormitaba yo, esperando mi destino, cuando sentí la sombra de tres humanos acercandose a mí. Pensé que venían a echarme, a tirarme piedras o agua caliente o fría o sucia. Esperaba palabras groseras y de desprecio. Tuve miedo, pero sabía que no podría huir. Cerré fuerte mis ojos.

– Hola amigo, ¿cómo estás?

¡Amigo! acababa de decirme. ¡Amigo!.Abrí los ojos y me encontré con los suyos: unos ojos de compasión que nunca había visto.

Comencé a aullar y me oriné. Y lo hice porque fue la emoción más grande de mi vida. Este debía ser el fin porque mi corazón no podía más, estaba a punto de explotar dentro de mí, pensé que la misericordia divina existe, y agradecí que se me permitiera irme feliz. De pronto, una voz aguda me despertó:

– ¿Puedo acariciarlo papá?

– No amor, aún tiene que curarlo el veterinario.

Este humano maravilloso, que ahora sabía que se llamaba papá,me cubrió en una manta, me levantó con cuidado y me llevó hasta la parte trasera de su auto. Yo temblaba, pero no de miedo sino de emoción. ¿A qué podía temerle a estas alturas?, además, mis oídos no hacían más que acariciar la palabra amigo una y otra vez.

El resto es historia, más bien detalles. El veterinario me curó: ya no estoy cojo, ni loco, ni enfermo. La pequeña que quiso acariciarme en aquel hermoso día se convirtió en mi compañera de juegos, en la dulce humana del otro lado de la cadena. Ella me dió algo que yo ni sabía que existía, algo mejor, si esto es posible, que la palabra amigo: me dió un nombre, una palabra bonita que sería solamente para mí.

Hola, mi nombre es Fred y soy un perro adoptado.

 

perro rescatado 02

Imagen tomada de http://www.unionjalisco.mx/

EPILOGO

Ha pasado tiempo. Mucho tiempo. Aunque no se exáctamente cuánto, ya que no se contar años humanos ni caninos. Me siento joven y mis patas son felices en el pasto verde.

Esta mañana llegó papá con una manta en sus manos. Dentro hay un gatito famélico y chilposo. Papá llama a mamá y a la pequeña, y los tres vienen a presentarme al gatito. Está débil y me teme, levanta su pequeña garra, listo para defenderse. Acerco mi nariz y le permito arañarme. Me clava sus uñas, pero yo no hago gesto alguno, no sea que papá piense que es agresivo o algo así, y cambie su decisión de adoptarlo. Espero a que se calme y le susurro:

– Tranquilo amigo, mientras estés aquí, te prometo que todo va a estar bien.