La semana pasada se me malograron los audífonos de mi celular. En realidad la semana pasada se me malograron varias cosas, pero entre ellas los audífonos de mi celular. Era martes, si no me equivoco, y tenía el día bastante ocupado como para ir a buscar otros y queria música YA, porque sino uno se pone a pensar, y eso es realmente peligroso a veces.
Primera opción: buscar el mp4 que me regaló Sonia hace ya algún tiempo. El mismo que dejé de usar cuando tuve el celular con audífonos. Sabía que tras la separación lo había embalado en alguna de las cajas que, hasta el día de hoy, no desempaco. La razón de esto es simple de concebir pero no tan simple de explicar. Resumen: las cajas se quedarán ahí hasta que esté listo para enfrentarme a su contenido, y mientras tanto, seguiré sacando una a una las cosas que vaya necesitando: libros, CDs, etc.
Era tarde. Recuerdo que lo encontré y lo puse a recargar, porque estaba seco evidentemente de tanto estar guardado, más tarde lo metí a mi maletín y salí raudo como el viento, a enfrentarme con aquel martes que debía ser fácil el día mas agitado de este mes.
Sentado en la combi de cada día (un bus en realidad, pero le digo combi por extensión, para que se entienda mejor ¿ya?), lo enciendo, me coloco los audífonos, y empieza a sonar un tema DE ARJONA!. Puse next, next NEXT!, y venían, uno tras otro, los temas del “Quinto piso” del amado y también vilipendiado guatemalteco. El lector debe entender que NO FUI YO quien puso ahí ese disco.
Sin poder recordar del todo el funcionamiento del aparatejo, pensé que se trataba de un golpe bajo, propinado por mi ahora ex enamorada, esto de borrar toda mi música y poner un disco de Arjona en mi mp4. Refunfuñando, hablando conmigo mismo, me decía que podíamos haber tenido nuestras diferencias, pero esto era demasiado, si señor. Esperaría entonces la hora del almuerzo para llamarla y hacer formal mi reclamación.
Pero no fue así. Echando mano del pequeño reproductor, descubrí, o recordé cómo navegar por sus directorios y encontré mi música, tal como la dejé hace tanto tiempo.
Y claro, sólo un bisoño como yo podía no haberse dado cuenta que escuchar ESA selección podía ser casi equivalente a ponerse a pensar. Cada canción de ese reproductor me llevaba a un momento de nuestra vida juntos.
Vinieron entonces los recuerdos, junto con Joaquin Sabina, Jarabe de Palo, Las perras de infierno, el binomio de oro, Charlie Zaa, los prisioneros, Tiziano Ferro, Rojo, Estopa, Roxette, Pedro Suárez Vértiz, Diego Torres y hasta the Trashmen. Si señores, un verdadero arroz con mango musical, pero asi soy yo, entreverado más que complejo.
Y es así que me puse a recordar, momento tras momento, casi 9 años de relación. Cerré los ojos y la ciudad entera pasó, invisible, junto a mis oídos, sin poder distraerme con sus árboles y ruidos matinales. Terminado el trance, me sentí cansado. Cansado y agradecido.
Lejos de toda tristeza, agradecí cada uno de esos momentos. Agradecí nuestro tiempo juntos. Esas sonrisas de todas las mañanas, el cabello enmarañado peinándose entre mis dedos, mientras escuchábamos a Carlos Fonseca y Carla Harada (si, hay otro Carlos ahora, pero el de antes era mas chévere).
Nuestros días en la cocina, preparando algo rico PARA DOS. era más barato y menos trabajoso ir a comprar la comida, pero nunca sabía igual, y no se podía repetir. No hubo nunca ají de gallina (de pollo en realidad), pollo al sillao o a la reina mejor que el cocinaba ella. Y, modestamente, tampoco mejor lomo saltado que el mío, ni trufas mas ricas.
Las tardes en la “oficina” que montamos en nuestra sala. Esa oficina donde cuando no se trabajaba se jugaba Age of Empires, Starcraft, y por último Imperia Online. Y las escapadas al cuarto, a ver Beautiful People o Raising Hope en I-Sat.
Las noches de Los Simpsons, aunque ahora sospecho que tu los veías porque yo no quería ver otra cosa a esa hora. Las noches utilísimas viendo a ese argentino maldito de las carnes a la parrilla, babeando, y corriendo luego a comprar pollo a la brasa. Cada mañana siguiente era una resaca: “Nunca más pollo a la brasa de noche”.
Los domingos de ir a comprar dos películas, y luego chocolatearlas y ponerlas en mi espalda, y escogía ella en qué mano estaba la pela que veríamos.
Ruidos onomatopéyicos y demás manías perfectamente combinadas.
Tantos, pero tantos recuerdos que aburrirían aún más, si es esto posible, al lector de este pequeño blog.
Baste decir que estoy agradecido, y espero que al final, seamos felices ambos. Donde sea, con quien sea.
Y si algún día volvemos, ojalá que las heridas de este tiempo no nos impidan estar bien.

