Bro…

Ya he dicho que la vida es aquello que sucede cuando uno deja de trabajar. Si no lo has visto, querido lector, sugiero que revises la entrada anterior.

Entonces la vida se acaba todos los domingos a mediodía, cuando, cual nubes negras, se juntan todos los pendientes del lunes, de la inminente semana, y ya no puedes disfrutar el almuerzo, ni el viaje, ni nada.

Pero hoy caminaba y tuve un chispazo de emoción. Un flashback. Un impulso que dura menos de un segundo, como cuando enciendes un fósforo en medio del patio.

Fu, se apagó.

Y seguí caminando, caminando y pensando.

Pensando en lo lejos de aquellos años en que, despreocupados, celebrábamos nuestros martes de pisco. O lunes, o miércoles, o cualquier día que se pudiera, que eran todos. Que Pisco con naranja en tu casa, que una res en el Zela, que chilcanos en el bolivarcito, que el bodegon de Aldo para cambiar de ambiente, que mejor al Queirolo porque en el Bodegon hay mucho fumador de mierda.

Pensando en las excusas mas inverosímiles y sin embargo efectivas: ¿Has escuchado Tucán? ¿no?, ok tenemos que juntarnos y ponerla unas 20 veces antes de aburrirnos, y poner el resto de canciones de Miranda!. ¿Probaste ya el piscano?¿nooo?, pues te espero a las 7.30 en wong de Plaza San Micky. Y tomar en esa plazuelita sucia y disimular cuando pasaba serenazgo.

San Miguel era la voz. El centro de nuestra feliz vagancia. Caminar luego hasta Miguelon o al sanguchon campesino era el epílogo perfecto. Un taco mixto por favor, frejoles negros, harto guacamole, todas las cremas, menos ketchup. Una chelita de contrabando, porque allí no vendían licor. Y la conversación,la estrella de todas aquellas noches. Un amigo sincero con dos cualidades difíciles de encontrar: un delicioso manejo del idioma castellano, y la capacidad de debatir sin discutir. Hablar con usted era siempre enriquecerse, mi bro.

Así que hoy pasé por un sanguchon campesino, o mejor dicho, me encontré un sanguchon campesino caminando por la avenida la fontana con flora tristán, en la Molina. Inmediatamente sentí el impulso de llamar: Venga usted, comamos tacos hasta reventar y tengamos una de aquellas tertulias de hace tiempo.

En ese momento me di cuenta que no. Que tenía que seguir, que tenia planos para imprimir, un ingeniero que visitar, una cobranza que hacer y el día se acababa raudo, el sol se ponía naranja y la noche llegaba despacio. Entonces pensé también que estarías en tus cosas, en tu casa con tu familia, que no es propio, a estas alturas, llamarnos instándonos a salir ya pero ya!. Que cada quien tiene, ya, responsabilidades.

Entonces seguí caminando, y extrañando esas culturales chácharas, que pronto tendremos que retomar ¿verdad?, ¿verdad?.


La espectativa del 14 de febrero

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Al borde de los 35 años… ¡qué digo al borde!, con 35 años recién cumplidos, pienso que hemos llegado a la etapa de superar las emociones adolescentes, que ya no sufrimos más por esas ilusiones que hace unos años, ingenuamente, llamábamos “amor”, que estamos todos, o al menos la gran mayoría, ya establecidos y felices por ello.

Pienso que ya sabemos que es mejor hacer especial cada día a esperar una orden del almanaque (mafalda dixit) para resarcir toditas las idioteces cometidas durante el año.

De pronto gente salvaje aparece, haciendo planes para el 14 de febrero, diciendo (como para que lo lea su pareja, supongo) que esperan ser “sorprendidas” ese día, y otras, y muchas otras hierbas parecidas.

Entonces me pregunto si son ellos o soy yo. Si ellos son los que no han madurado, o si soy yo el Benjamin Button de mi generación, amargado y desencantado de la vida, sin nada que pueda ilusionarme ya.

Es el mundo, sin duda, el que nunca deja de sorprenderme.


Quinta Temporada: Los nuevos tiempos

Sin darme cuenta, ya va a ser un año desde la ultima vez que escribí.

Sin darme cuenta, en algún momento dejé de lado esa parte de ser yo. Ese yo que se duerme por temporadas, y luego se despierta sólo para escribir de manera contumaz, porque sí, porque las cosas hay que sacarlas o se pudren adentro, y terminan saliendo luego, verdes y olorosas, a recordarnos lo inmunda que es la vida cuando no has aprendido a sacar tu basura.

Hoy regreso, 8 años después de haber iniciado esta pequeña aventura de escribir, y me doy cuenta que las etapas por la que pasó el blog sólo se reflejaba en el subtitulo, pero nunca dije, textualmente, esta es la segunda, o cuarta, o tal temporada.

Pero sí las hubieron: cuando empecé con el blog, allá por el 2007, aún en un servidor gratuito, luego de pensarlo un poco lo llamé EGOLETRISMO, y el subtítulo era algo explicativo: “Las letras de un ególatra”. Eso duró algo de 6 u 8 meses, no recuerdo bien. El problema con los servidores gratuitos es que no están obligados a nada. Un día el servidor cayó, y mi blog se perdió sin más.

Posteriormente, en 2008 y hasta finales de 2009, un buen samaritano y perfecto desconocido además, ofreció alojar mi blog en su servidor, pagado por él. Entonces renacimos. El nombre siguió siendo el mismo, pero gracias a mi fanatismo por la saga de Matrix, el subtítulo de la segunda temporada fue “Reloaded!”, ya que volvi con fuerza, decidido a continuar con el proyecto. Pero bueno, estas cosas casi siempre terminan, y mi buen amigo me avisó con un par de meses de anticipación que iba a cerrar su servidor, dandome tiempo de descargar los archivos, las bases de datos, y migrar a otro servidor. No sé dónde estará ahora, pero siempre recordaré su nick, y estaré agradecido con Kosciuk por haberme acogido en su servidor.

Lo que siguió fue que, con todos mis archivos y base de datos, no encontré ningún servicio gratuito que alojara la cantidad de data que tenía, la mayoría eran para páginas bien básicas. Por un corto tiempo, volvimos a estar offline.

Pero luego llegó el día de comprar un servidor propio, y así lo hice. Por primera vez, utilizamos el egoletrismo.net, ya que antes usabamos un uni.cc, que también era gratuito. Volvimos con nuevo dominio, servidor propio, y esta vez con personajes en mi cabeza. Entonces, para la digamos tercera temporada, tenía dos subtítulos en la cabeza: “El segundo renacimiento”, por mi aún incurable fanatismo por el universo de Matrix, y “Las aventuras de chico lácteo” por un personaje predominante del que en ese tiempo escribí varios cuentos, algunos incluso publicados en este blog. Al final no pude decidirme, y el subtítulo fue “El segundo renacimiento: Las aventuras de chico lácteo”, coronándose como el subtitulo más largo de la historia de este blog.

Todo iba muy bien, hasta que un día amanecí y encendí la computadora sólo para ver que mi blog estaba muerto, en blanco. Entré a mi servidor y estaba vacío. No archivos, no base de datos. Nada. Ni el blog ni la página de la empresa que recién estaba empezando, y que a fuerza tuve que diseñar por mi mismo. Todo se fue. Los de la empresa proveedora del hosting no dieron ninguna explicacion, sin embargo en los foros de ayuda se comentaba que habían sido atacados y se habian bajado varios servidores. Reclamé, como muchos otros supongo, que debían tener backups, pero fue inútil. Todo se había perdido y me dediqué a reconstruir la página de la empresa, dejando el blog de lado por otra temporada.

Pero claro, uno siempre vuelve a las cosas queridas, y yo quiero mucho a este blog. En tiempos que un amigo fanático de Santiago Roncagliolo y Quentin Tarantino me tenía loco con estos dos artistas, el subtítulo de la cuarta temporada tenía que decir algo de eso: “La cuarta espada”, en homenaje a un título de Roncagliolo. Las películas de Tarantino, si bien entretenidas, no me parecieron tan geniales.

Y en esta ocasión, y hasta hoy el blog no cayó. Fui sólo yo el que se olvidó de escribir. Hace un tiempo que pienso y pienso en darme un tiempo de volver, y no me lo doy. Pero hoy es el día, hoy inicio esta quinta temporada del blog y no encuentro título mas adecuado que “Los nuevos tiempos”. Los porqués serán explicados paulatinamente. Solo diré, como un claro ejemplo, que hace exactamente dos años, en un viernes de septiembre, de seguro estuve en uno de mis acostumbrados viernes de pisco, y sólo dos años después, estoy acostado desde temprano, habiendo trabajado horas extra, y pensando en las dos personas que son mi familia ahora. Estos son los nuevos tiempos, y sin importar lo que venga, voy a disfrutarlos, los estoy disfrutando ya.

Hasta pronto, cambio y fuera, querido lector.


Historia de un cuadro que aún no compro

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En algún momento de mi vida me volví maniático de saber exactamente que hora estaba viviendo. Antes cuando dormía muchísimo no me andaba con relojes, hasta que empezó a afectar mi vida el llegar tarde a todo. Entonces, supongo, me fui al otro extremo, y donde vivía, tenía un reloj en cada ambiente de la casa.

La historia de ése cuadro que aún no conozco empezó hace poco. Como hace tiempo no escribo, haré un resumen corto y escueto: estaba enamorado, me separé y hace poco me encontré con una personita genial y volví a enamorarme.

Esto no tendría importancia, digo, no tendría porque estar contando esto si no fuera el origen de mis ganas de volver a escribir. Yo quería un reloj en cada habitación de la casa, y ella me decía que el tic tac de los relojes no la dejaría dormir. Entonces, cierto día caminando por el centro estuvimos viendo relojes digitales, y no le gustó ninguno. Yo la dejo elegir, porque ella tiene buen gusto, a diferencia de mi, que como todos saben, soy un chuncho. Entonces bien, había un reloj en la sala, otro en el baño, pero ninguno en el dormitorio. Y yo con la idea fija de recorrer el mundo, o al menos Lima, en busca de un reloj que le guste y no haga tic tac. Es más, el día de hacer agujeros a la pared dejé todo preparado para el reloj que aún no conocía, el reloj del dormitorio: agujero, tarugo, perno. Perfecto, me dije, ahora solo resta elegir.

Ahora siento que me he alejado del centro del relato, pero sin preámbulo probablemente no se iba a entender nada.

Pocas semanas después de juntarnos vi en una tienda unas sábanas de color rojo y naranja. De haber estado soltero jamás me hubiera fijado siquiera en éstas, pero en el momento en que las vi me dije: “esto combinaría perfecto con ella”.

Y no me equivoqué: ella es hermosa cuando duerme, pero el rojo la realza, da mas luz sobre su rostro, sobre sus curvas. Sus ojos son dos lineas perfectas, que a veces cubre con un antifaz. Su boca se tuerce hacia abajo como en una mueca de disgusto, y es que ella es una dama en toda la extensión de la palabra. Su olor es embriagante y su cabello libre de caer sobre su frente, de enredarse entre mis dedos. Ella duerme hasta muy tarde los domingos, y mi descanso dominical es quedarme viendola dormir.

Pero no siempre, claro está. A veces salgo a estar en la computadora o jugar con Ágata. Es entonces cuando en cortos lapsos, escucho su voz.  Una de las primeras veces sucedió esto:

– Heyy!

– ¿Amor? – digo, entrando en la habitación.

– ¿Qué hora es?

– Son las (inserte aquí una hora cualquiera de un domingo en la mañana).

– Gracias.

– ¿Ves? necesitamos un reloj aqui en el cuarto.

– ¿Porqué?

– Porque si hubiera reloj aquí, ya no tendrías que andarme preguntando la hora.

Lo que me dijo entonces cambió de pronto mi forma de ver el asunto de los relojes:

– Pero entonces habría menos comunicación entre nosotros.

Y el perno se quedó ahí, enroscado en la pared. He pensado en poner un cuadro, pero aún no se cual, quizás también el cuadro tenga que elegirlo ella.


Requiem for a cat

Todo aquel que me conozca un poco, o me tenga en facebook, sabe que no me gustan los gatos. Por mucho que digan que los gatos son súper limpios, lo que yo creo es que se bañan en su propia baba, y andan esparciendo sus infectas esporas alérgenas por donde vayan.

Por eso me hace renegar el asunto de los gatos del parque Kennedy, las pocas veces que voy digo, su presencia me hace somatizar, sentir que me ahogo, que me da un ataque de asma. La semana pasada estábamos en el mencionado parque con mi hermana mayor, que es alérgica a los gatos en un nivel que no se le desea a nadie, pues no puede tocar un gato con su dedo índice sin estar luego todo el día estornudando y frotándose los ojos. Caminábamos por el parque de lo más tranquilos, cuando me di cuenta de lo que estábamos haciendo, y le dije: “vámonos de aquí antes de que termines como Hitch por la alergia”.

hitch

Con todo esto ha quedado claro, querido lector, que los gatos no son, pues, de mis especies preferidas.

Mi padre tenía un gato. Mi padre siempre dice que no le gustan las mascotas. Desde que tengo memoria, todas las mascotas que tuvimos han sido cachorros que mi papá se encontraba en la calle y traía a la casa, para salvarlos de una muerte segura por hambre, atropello o apedreada de esos grupos de palomillas con retardo mental que han existido desde siempre. No es cierto lo de “las nuevas generaciones”, no.

De más está decir que a mí nunca me cayó bien ese gato. Gato marrullero, sobón y con cara de hipócrita. Llegó un día hace años, olfateando quizás la compasión que se esconde tras la máscara de mi viejo, flaco ojeroso cansado y sin ilusiones, gato macilento. Luego de unos meses se volvió un gato gordo enseñoreado por toda la casa, la de mi viejo, llenando todo de pelos, maullando dulcemente y frotándose en los pantalones de mi padre, y en los de nadie más, gato franelero.

Mi papá nunca le pone nombre a nada, así que se refería a él como ‘mi gato’. Yo que, por el contrario le pongo nombre o apodo a todo lo que puedo, le asigné el mote de ‘el gaturro feo’. Cuando yo llegaba a visitar, me miraba con su cara de espeso y no se quitaba del camino. Aunque a veces no resistía la tentación de echarle unas gotas de agua para que se moviera, nunca llegué a arrearle una patada o similar, ni aún cuando le arañó la nariz a mi Ágata, que sólo quería jugar. Y es que estoy en contra de la violencia, más no de los carnavales.

Mi padre tenía un gato, que dejó de existir ayer. Recuerdo que se enfermó hace unos días, y que ayer por la mañana mi viejo lo llevó al veterinario. Me lo comentó mientras almorzábamos, y al despedirme lo único que dije fue: “nos vemos pues viejito, ojalá se mejore el putorro ese”.

Llegaban las seis de la tarde y yo llevaba prisa para una reunión. Me lo encontré en la calle (vivimos cerca), y me dijo: “ya se murió mi gato”, a lo que respondí “bueno, ¿y ya lo enterraste?”. Me dijo que no, y me contó que habían hecho lo posible por salvarlo, y yo moviendo los piecitos porque estaba tarde, hasta que dijo “… pero ya no se pudo, se murió mi gatito”.

Yo que lo conozco, y sé que el nunca usa diminutivos con nada que no fueran sus hijos, o últimamente sus nietos, detuve el tiempo en ese momento, le dí una palmadita en el hombro: “Caballero mi viejo, tuvo una buena vida y se fue pronto, no sufrió”.

Y me fui pensativo. No lo abracé, porque los abrazos nunca estuvieron en nuestro código, aún cuando éramos todos niños. Hasta el día de hoy me es difícil dar un abrazo.

Ahora sé lo que en realidad siempre supe: que todos necesitamos una compañía, un objeto para nuestros afectos. Aún para esos afectos que no podemos demostrar. Y era ese odioso gato el que acompañaba a mi viejo, cuando hasta sus hijos revoloteaban ausentes de su casa, en el vórtice de la vida moderna.


El extraño extrañar

Comer debe ser una de las más extrañas formas de extrañar. Quiero decir comer en lugares nuevos, que en teoría no deberían estar relacionados con nada. Y de hecho no lo están, es el acto de comer.

Las calles, los semáforos, la ciudad completa como escenario de una obra fuera de temporada, quedan siempre impregnados de olores familiares; y sobre el concreto de oyen lejanos y conocidos ecos, el compás inconfundible de unos pasos, un nombre entre ese tumulto de murmullos al que nos hemos acostumbrado y que ahora llamamos silencio.

Entonces es lógico sentirse incompletos en aquellos lugares donde llenábamos una mesa mitad y mitad, donde deberían haber otras manos y otros labios haciendo el gesto de “oh, que bueno está esto”. Esos lugares es mejor evitarlos, so pena de melancolía.

Tengo un amigo que es medio divo, aunque él diga lo contrario. Conoce lugares y comidas, y es, en muchos sentidos, más limeño que yo, que siempre me he considerado un chusco. No sé si fue ése también un problema, ser demasiado chusco, un vagabundo para la dama que me encontró en el camino. Así que le digo que no me venga con corralitos a lo alfredo, a mi que me den un pollo a la brasa y ya.

Pero la civilización avanza firme e inminente, y van quedando atrás los tiempos de pollo a la brasa y chifa, pollo a la brasa y chifa. Ahora hay que comer con clientes, con mujeres que, en su mayoría, no tienen nada interesante de que hablar, y solo. Sobre todo solo y es una suerte que ese hecho nunca me haya deprimido.

Fue así que un día, solo, encontré un sitio de pastas, un restaurancito porque no me gustan mucho las cadenas. Me sirvieron canelones con una salsa que ya ni recuerdo cómo se llamaba. Recuerdo que me gustaron mucho, recuerdo que en cierto momento cerré los ojos, y por medio segundo pensé “a ella le gustaría este lugar”.

Y no es la primera vez. Lo bueno de todo esto es que ya puedo abrir los ojos, pasado ese medio segundo, y reírme de mí mismo pensando: “ufa, me pasó de nuevo”.

La vida sigue, se dice. No se puede vivir llorando por el pasado. Qué bueno que nadie dijo nada sobre recordarlo con cariño.


Meditación

CÓMO MEDITAR(*)

… Cierra los ojos y vuélvelos un poco hacia arriba. Ahora cuenta en forma regresiva de 100 a 1….”

Ok, pan comido dije yo… Cierro los ojos, no pienso en nada y hago mi conteo…

Primer intento: 100, 99,… miércoles hoy me toca ir a la procesión, ¿a que hora empezará?, ¿porqué no me acordé de ver el programa anoche?… Ufa ya me desconcentré, empecemos de nuevo.

Segundo intento: 100, 99, 98,… la proforma! la arquitecta no me ha enviado la proforma!. Me lleva el chanfle hoy es feriado así que fácil y ya no la manda hasta el lunes!. Bueno si no tiene solución mejor no pensar en eso ahora.

Tercer intento: 100,… ¿qué estará haciendo (inserte aquí nombre de mujer)?. Durmiendo seguramente, son las 5 de la mañana… ¿porqué estará saliendo con ese cara de pavo?… damn!

Cuarto intento: 100, 99, 98, 97, 96,… ¿y cuál es el problema finalmente?. No está saliendo contigo, puede salir con quien quiera. Ok cállate.

Quinto intento: 100, 99, 98,… ¿Se habrá molestado el ingeniero (inserte aquí apellido de ingeniero) por lo que le dije del precio?. Finalmente es trabajo, la idea es ganar el mendigo concurso. Si lo pone muy alto nos perjudica a todos. Es chamba! si se molesta mariconada suya pues!.

Sexto intento: 100, 99, 98,… no podemos perder ese maldito concur… grrr… 97, 96,… tengo que pensar una estrategia de negociac… maldición esto no funciona. Voy a bañarme de una vez mejor…

Y así fue como abandoné por ese día la idea de empezar a meditar. Ya lo volveré a intentar luego.

(*) “El método Silva para ejecutivos”. Javier Vergara Editor S.A. – Buenos Aires 1991.


Esas historias de adentro

Divagando navegando por la web, encontré una entrada antigua de este pequeño blog, que escribí en Abril de 2007, una historia pequeña y sin sentido, y que sin embargo reflejaba lo que quise hacer cuando lo inicié.

Escribir esas historias que viven dentro de uno. Personajes de universos inexistentes que, sin embargo, tienen derecho a una efímera existencia en un sitio web por desconocido que sea.

Chico lácteo es uno de ellos. Un alter ego que me susurra historias en los momentos mas insospechados, en la combi, en pleno examen final. Historias que luchan y finalmente mueren si no son plasmadas. Plasmar sus historias fue lo que teóricamente me motivó a retomar el blog en mayo del año pasado. Y año y medio después, el momento ha llegado.

Pido las disculpas al lector si las primeras historias son pésimas. Generalmente están contaminadas de realidad. A medida que vaya dejándolas salir, serán cada vez mejores.

Por lo pronto, los dejo con la historia que motivó este post, titulada “Sólo un Café”:

Sólo un café:

Me llamó por teléfono mi papá, para salir a cenar juntos.

La veía en medio de una bruma. Cansada y con los zapatos apretándole los pies, casi estrangulando sus ganas de seguir viviendo. Salió del edificio caminando lento, ignorando completamente los hasta mañanas de sus conocidos y los eventuales piropos, buenos y no tan buenos, de los desconocidos. Una Penélope moderna no teje ni desteje, sólo se pone los audífonos y finge no escuchar a nadie.

Caía la tarde, junto con una lágrima anaranjada que rodaba lentamente por su mejilla. Levantó la vista al sol y sonrió tristemente, en una especie de desesperado deja vú. Hubo un tiempo en que era el ocaso su espectáculo favorito, sentada en algún carcomido murito de malecón, del brazo de un ser del que ahora sólo conservaba el olor.

Ese olor. Era como de café recién molido y tostándose. Era como el olor de hogar. Desde que se fue su casa dejó de oler a hogar. No quería volver, no quería llegar y encontrar la casa vacía otra vez, vacía y sin olor. Así que caminó, ipod en mano, sin rumbo fijo, buscando únicamente un lugar donde tomar un café, un café oloroso y con cuerpo, un café que sea como él.

Encontró un lugar y entró. Se sentó en una mesa, sin quitarse los audífonos, y pidió un Café Calipso, sin darse cuenta que estaba gritando. Todos los presentes voltearon a verla, pero no se dió por enterada: estaba escuchando “Marinero de luces” en su ipod.

…Marinero de luces, con alma de fuego y espalda morena
Se quedo tu velero perdido en los mares…

Pensar, y esperar. ¿Qué otra cosa podía hacer?. Él se fue, dejándola prisionera de una casa vacía y sin olor, sin explicar nada, y sin embargo, ella no deseaba otra cosa que verlo volver, a donde fuera que se haya ido.

Se tomaba lentamente el café, su café. A medida que éste se acababa, crecía en ella el miedo de tener que pararse e ir a casa. Miró a la ventana y vió que había empezado a llover. Mejor, así podría quedarse todo el tiempo del mundo tomándose su café despacito, sin prisa hasta esperar que cese la lluvia.

Pero, pensó, si caminara bajo la lluvia, podría llorar y nadie lo notaría. Al instante se dió cuenta que de todas formas nadie notaría el llanto de una chica en una ciudad tan fría como esta, tan indiferente.

Finalmente se decidió a dejar el café a medio terminar, pagó y se fue, caminando bajo la lluvia.

…Olvidaste que yo gaviota de luna
Te estaba esperando,
Y te fuiste meciendo en olas de plata…

Pobre Penélope, pensé, si es que así se llama. Nunca le puse nombre.

Escucho que golpean la puerta. Es mi papá, que seguramente se cansó de esperarme en su casa, y vino a recogerme.

(Re)tomado de clonpi.funpic.de


Loco

lebret

Hoy me hablaron de Louis Joseph Lebret, economista y clérigo. Como me lo mencionaron en un curso que me gusta (porque el ciclo ya acabó y estas clases son para quien le de la gana de ir no más), y como soy recontra sapo, averigüé un poco de él en internet. A pesar de que fundó su movimiento “Economía y Humanismo” en 1941, aplica principios que muy bien podrían aplicarse el día de hoy.

Esto demuestra una vez más, que no todo pasado es para enterrar, y que los viejos tienen un millon de cosas que enseñarnos, como esta oración, escrita por el propio Lebret:

“Hay hoy demasiados sabios, demasiados prudentes.
Siempre calculando, siempre midiendo.

¡Pensad que pasaría si tuvieran que romper con su mundo,
si sus padres supiesen que nunca alcanzarían una posición honorable,
si tuviesen, aunque fuese por poco tiempo, que vivir en la inseguridad!

¡Oh Dios! Envíanos locos,
de los que se comprometen a fondo,
de los que se olvidan de sí mismos,
de los que aman con algo más que con palabras,
de los que entregan su vida de verdad y hasta el fin.

Danos locos, chiflados, apasionados,
hombres capaces de dar el salto en la inseguridad,
hacia la creciente incertidumbre de la pobreza;
que acepten diluirse en la muchedumbre anónima
sin pretensiones de colgarse una medalla,
no utilizando sus cualidades mas que en provecho de sus gentes.

Danos locos Señor,
locos del presente,
enamorados de una forma de vida sencilla,
liberadores eficientes de los que no cuentan para nadie,
amantes de la paz,
puros en su corazón, resueltos a nunca traicionar,
capaces de aceptar cualquier reto,
de acudir donde sea,
libres y obedientes,
espontáneos y tenaces,
tiernos y fuertes.”

Hoy que leí esto, lo primero que pensé fue: “Me uno, Señor, mándanos locos!”.