Historia de un cuadro que aún no compro

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En algún momento de mi vida me volví maniático de saber exactamente que hora estaba viviendo. Antes cuando dormía muchísimo no me andaba con relojes, hasta que empezó a afectar mi vida el llegar tarde a todo. Entonces, supongo, me fui al otro extremo, y donde vivía, tenía un reloj en cada ambiente de la casa.

La historia de ése cuadro que aún no conozco empezó hace poco. Como hace tiempo no escribo, haré un resumen corto y escueto: estaba enamorado, me separé y hace poco me encontré con una personita genial y volví a enamorarme.

Esto no tendría importancia, digo, no tendría porque estar contando esto si no fuera el origen de mis ganas de volver a escribir. Yo quería un reloj en cada habitación de la casa, y ella me decía que el tic tac de los relojes no la dejaría dormir. Entonces, cierto día caminando por el centro estuvimos viendo relojes digitales, y no le gustó ninguno. Yo la dejo elegir, porque ella tiene buen gusto, a diferencia de mi, que como todos saben, soy un chuncho. Entonces bien, había un reloj en la sala, otro en el baño, pero ninguno en el dormitorio. Y yo con la idea fija de recorrer el mundo, o al menos Lima, en busca de un reloj que le guste y no haga tic tac. Es más, el día de hacer agujeros a la pared dejé todo preparado para el reloj que aún no conocía, el reloj del dormitorio: agujero, tarugo, perno. Perfecto, me dije, ahora solo resta elegir.

Ahora siento que me he alejado del centro del relato, pero sin preámbulo probablemente no se iba a entender nada.

Pocas semanas después de juntarnos vi en una tienda unas sábanas de color rojo y naranja. De haber estado soltero jamás me hubiera fijado siquiera en éstas, pero en el momento en que las vi me dije: “esto combinaría perfecto con ella”.

Y no me equivoqué: ella es hermosa cuando duerme, pero el rojo la realza, da mas luz sobre su rostro, sobre sus curvas. Sus ojos son dos lineas perfectas, que a veces cubre con un antifaz. Su boca se tuerce hacia abajo como en una mueca de disgusto, y es que ella es una dama en toda la extensión de la palabra. Su olor es embriagante y su cabello libre de caer sobre su frente, de enredarse entre mis dedos. Ella duerme hasta muy tarde los domingos, y mi descanso dominical es quedarme viendola dormir.

Pero no siempre, claro está. A veces salgo a estar en la computadora o jugar con Ágata. Es entonces cuando en cortos lapsos, escucho su voz.  Una de las primeras veces sucedió esto:

– Heyy!

– ¿Amor? – digo, entrando en la habitación.

– ¿Qué hora es?

– Son las (inserte aquí una hora cualquiera de un domingo en la mañana).

– Gracias.

– ¿Ves? necesitamos un reloj aqui en el cuarto.

– ¿Porqué?

– Porque si hubiera reloj aquí, ya no tendrías que andarme preguntando la hora.

Lo que me dijo entonces cambió de pronto mi forma de ver el asunto de los relojes:

– Pero entonces habría menos comunicación entre nosotros.

Y el perno se quedó ahí, enroscado en la pared. He pensado en poner un cuadro, pero aún no se cual, quizás también el cuadro tenga que elegirlo ella.