Cuento Nº 1

Y ahora, un cuentito para bajar la tensión.

Henry recordaba siempre las navidades en familia. El árbol pequeño, la mesa de madera, él y sus hermanos corriendo en el patio, la cena sencilla pero impecable, “pollipavo” le oía siempre decir a su papá, seguido de un “ya vendrán tiempos mejores”.

Y lo que él quiso, aquel año, fue reunir a la familia. Cierto que sus padres ya peinaban canas, y que sus hermanos y él, adultos ya, no se habían hablado en, cuanto, 10 o 12 años. Pero este año sería diferente, al cualquier precio, ellos debían venir. El plan era perfecto: llegarían a Lima, cuidarían de él, y justo cuando calculaba estar recuperado, serían las fiestas. Sí, tenían que venir.

Lo que Henry no tenía, era valor para arrepentirse, o para disculparse por acciones cometidas hace tantos años. Él vino a Lima a visitar a unos parientes, primos de su madre, y de vuelta en su provincia todo le había parecido aburrido, apestoso. Con 18 años, pensó que los tiempos mejores de los que hablaba su padre nunca llegarían a ese lugar tan recóndito. Debía huir de esa decadente provincia, debía sumergirse en las luces brillantes y la bulliciosa vida capitalina. Ese, para él, era el progreso que necesitaba.

Ah, las luces capitalinas. Seducido por lugares donde se mira sin ver, donde todos hablan y nadie dice realmente nada, él llegó, y, claro, terminó extrañando la calidez provinciana, en medio de una ciudad indiferente. Ingresó a trabajar en un taller de mecánica, donde se volvió un hombre solitario y triste. Al no soportar a su familia limeña, se mudó a un departamento sombrío y apartado, cerca, eso si, de su trabajo.

Fue en ese departamento donde preparó todo: tres catres “comodoy”, son sus respectivas ropas de cama, para él y sus dos hermanos. Sus padres dormirían en su cama. Compró hasta un vino, que escondió detrás de unos cartones de ropa, ya recuperado compraría lo demás. Nunca pensó que el plan fallaría.

Pero falló: en vez de una llamada de disculpas, Henry optó por “accidentarse”. Lo tenía todo planeado, se cortaría la mano en el taller, no tan superficial como para que no vengan, ni tan profundo como para perder la mano. En el taller habían 2 mecánicos más, que aunque rara vez hablaban con él, no se negarían a brindarle auxilio y llevarlo a algún hospital. Una vez accidentado, se olvidarían las ofensas y pasarían unas fiestas como antes, aunque fuera sólo ese año.

Y el destino quiso también que fallara el plan. Primero, el día elegido llegaron dos clientes al taller, y estacionaron en la vereda exterior, por lo que los otros dos mecánicos salieron a trabajar en la puerta del establecimiento. Aquí Henry observó, y vio que aunque estaban en la puerta, escucharían su grito de auxilio. Se metió tranquilamente debajo del vehículo que llevaba días reparando, dispuesto a llevar a cabo su plan.

Segundo, hubo un robo menor en la acera del frente del taller. Un muchacho arrebató la cartera de una señora que caminaba por la vereda del frente, y corrió hacia la esquina. Los dos compañeros de Henry, en un inusual acto de civismo, corrieron tras el malhechor. Henry ya estaba “accidentado” cuando todo esto pasó, y estaba esperando a sentirse un poco mareado para gritar y así ser mas convincente en su papel. Sonreía mientras veía la sangre correr por la palma de su mano, gotear viscosamente y finalmente caer al suelo. Cuando se sintió con menos fuerzas gritó, pidiendo una ayuda que no llegó, pues sus compañeros estaban en la esquina comentando el robo con los vecinos.

A medida que sus fuerzas se iban, se quedó dormido pensando que de todos modos sería rescatado, y en que cara poner al despertar. Lo encontraron muerto, una hora después.

Ese año, aunque sin él, la familia se reunió.