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Requiem for a cat

Posted 03 mar 2013 — by Clonpi
Category EGOLETRISMO

Todo aquel que me conozca un poco, o me tenga en facebook, sabe que no me gustan nada los gatos. Por mucho que digan que los gatos son súper limpios, lo que yo creo es que se bañan en su propia baba, y andan esparciendo sus infectas esporas alérgenas por donde vayan.

Por eso me hace renegar el asunto de los gatos del parque Kennedy, las pocas veces que voy digo, su presencia me hace somatizar, sentir que me ahogo, que me da un ataque de asma. La semana pasada estábamos en el mencionado parque con mi hermana mayor, que es alérgica a los gatos en un nivel que no se le desea a nadie, pues no puede tocar un gato con su dedo índice sin estar luego todo el día estornudando y frotándose los ojos. Caminábamos por el parque de lo más tranquilos, cuando me di cuenta de lo que estábamos haciendo, y le dije: “vámonos de aquí antes de que termines como Hitch por la alergia”.

hitch

Con todo esto ha quedado claro, querido lector, que los gatos no son, pues, de mis especies preferidas.

Mi padre tenía un gato. Mi padre siempre dice que no le gustan las mascotas. Desde que tengo memoria, todas las mascotas que tuvimos han sido cachorros que mi papá se encontraba en la calle y traía a la casa, para salvarlos de una muerte segura por hambre, atropello o apedreada de esos grupos de palomillas con retardo mental que han existido desde siempre. No es cierto lo de “las nuevas generaciones”, no.

De más está decir que a mí nunca me cayó bien ese gato. Gato marrullero, sobón y con cara de hipócrita. Llegó un día hace años, olfateando quizás la compasión que se esconde tras la máscara de mi viejo, flaco ojeroso cansado y sin ilusiones, gato macilento. Luego de unos meses se volvió un gato gordo enseñoreado por toda la casa, la de mi viejo, llenando todo de pelos, maullando dulcemente y frotándose en los pantalones de mi padre, y en los de nadie más, gato franelero.

Mi papá nunca le pone nombre a nada, así que se refería a él como ‘mi gato’. Yo que, por el contrario le pongo nombre o apodo a todo lo que puedo, le asigné el mote de ‘el gaturro feo’. Cuando yo llegaba a visitar, me miraba con su cara de espeso y no se quitaba del camino. Aunque a veces no resistía la tentación de echarle unas gotas de agua para que se moviera, nunca llegué a arrearle una patada o similar, ni aún cuando le arañó la nariz a mi Ágata, que sólo quería jugar. Y es que estoy en contra de la violencia, más no de los carnavales.

Mi padre tenía un gato, que dejó de existir ayer. Recuerdo que se enfermó hace unos días, y que ayer por la mañana mi viejo lo llevó al veterinario. Me lo comentó mientras almorzábamos, y al despedirme lo único que dije fue: “nos vemos pues viejito, ojalá se mejore el putorro ese”.

Llegaban las seis de la tarde y yo llevaba prisa para una reunión. Me lo encontré en la calle (vivimos cerca), y me dijo: “ya se murió mi gato”, a lo que respondí “bueno, ¿y ya lo enterraste?”. Me dijo que no, y me contó que habían hecho lo posible por salvarlo, y yo moviendo los piecitos porque estaba tarde, hasta que dijo “… pero ya no se pudo, se murió mi gatito”.

Yo que lo conozco, y sé que el nunca usa diminutivos con nada que no fueran sus hijos, o últimamente sus nietos, detuve el tiempo en ese momento, le dí una palmadita en el hombro: “Caballero mi viejo, tuvo una buena vida y se fue pronto, no sufrió”.

Y me fui pensativo. No lo abracé, porque los abrazos nunca estuvieron en nuestro código, aún cuando éramos todos niños. Hasta el día de hoy me es difícil dar un abrazo.

Ahora sé lo que en realidad siempre supe: que todos necesitamos una compañía, un objeto para nuestros afectos. Aún para esos afectos que no podemos demostrar. Y era ese odioso gato el que acompañaba a mi viejo, cuando hasta sus hijos revoloteaban ausentes de su casa, en el vórtice de la vida moderna.

El viaje

Posted 16 jul 2010 — by Clonpi
Category EGOLETRISMO, Ingeniería civil

La semana pasada viajé por trabajo a Caral. Fue chevere porque nos reunimos, después de mucho, mi papá, mi hermano y yo para chambear. Es, mejor dicho, porque tengo que volver mañana temprano a terminar el trabajo.

Pero son varias cosas pintorescas las que suceden en estos viajes. En este en particular, sucedieron varias, pero yo las resumiré en tres cortos, y, espero, entretenidos actos.

Primer acto: El sauce boxeador

El primer día de trabajo, estaba yo con mi teodolito, que para los que no saben es algo así como una cámara fotográfica con trípode, instalado en un punto clave del recorrido, tratando de trazar un rumbo, cuando sentí una hojita que colgaba de la rama de un sauce, molestando mi frente. La hice a un lado y me incline hacia adelante, para hacer mi lectura y la misma hojita cosquilleándome la nuca. Mugrosa hojita, pensé, y cogiendo la ramita de la que colgaba, la jalé con fuerza hacia abajo, con la idea de arrancarla y tirarla a un lado del camino.

El resultado fue que no cayó solo la hojita, sino una rama entera que había estado suelta del árbol. Cayó sobre mi, movió el nivel del instrumento, y me obligó a empezar de nuevo, luego de haber trabajado casi una hora. Y todo por querer arrancarle la hojita al sauce.

Moraleja: No atacar a la naturaleza, porque a estas alturas ha aprendido a defenderse.

Segundo acto: El pajarito cabrón

En provincia como que el tiempo pasa, no menos rápido, pero sí más apacible. Saliendo desde la pensión hasta el lugar de trabajo se caminaba cerca de un kilómetro, pero era relajante ver los patos, caballos, ovejas y toda clase de pajarillos saludando la mañana. Caminar al trabajo era como estar actuando en una de esas películas animadas de Disney.

Entre todos estos animalillos, había un pajarito que siempre iba con nosotros. Se paraba siempre delante, a unos 15 o 20 metros, en una rama, y cuando nos acercábamos pasaba a la siguiente. Era un petirojo (eso creo), y aunque en Lima aún quedan algunos, no se ven por donde yo vivo, así que le quise tomar una foto. Un close up al colorado acompañante de las mañanas laborales.

Pero, fijese usted, querido lector que el mugre pajarito nos dejaba acercarnos hasta a 5 metros de él, pero apenas ponía la mano sobre el estuche de la cámara, colgado en mi cintura, el muy maligno volaba lejos, hasta hacerse un misero punto a nuestra vista.

Pasaba el día, y el petirrojo andaba siempre cerca, cantando e inflando su pecho rojo encendido, y volando apenas me veía sacar la cámara.

Estuve empecinado en tomarle una foto, cosa que no logré hasta el tercer día, cuando al atardecer, se me ocurrió dejar el trabajo, apuntarle despacio, y utilizar al máximo el modesto 3X de zoom que tiene mi Kodak EasyShare C813. Luego contemplé, resignado, la foto borrosa y pensé lo útil que hubiera sido invitar a Julio Cesar a este viaje.

Tercer acto: Comegato

Me considero una persona reservada. No me gusta hablar con el taxista, ni tampoco hablar cuando trabajo. Mi papá es todo lo contrario, lo cual no me parece mal, sino por el contrario, es bueno que él se lleve la atención de la gente.

Conversaba mi papá con uno de los lugareños, un día de aquellos, comenzaron a conversar de las comidas que se comen en diferentes lugares. Mi papá que estuvo en la selva, dice, y yo le creo, haber comido mono, cocodrilo y tortuga. Hasta ahí todo bien, cuando el señor aquel le pregunta si alguna vez ha comido gato, y papá que no. “Aquí a veces damos de comer gato, y después que ya comió rico recién le decimos lo que ha comido” dijo el tío aquel. “Pucha ya estamos fritos”, pensé yo.

Y todo bien, la conversación quedó ahí. En la pensión comíamos estofados de pollo, tallarines, café, queso, palta. Hasta que un día antes de regresar a Lima comimos un seco de carne, un poco raro en realidad.

Probablemente sea paranoia, pero también es posible que ese seco, que estuvo rico, no puedo negarlo, haya dicho miau en alguna etapa de su existencia. Era carne roja, y espero de todo corazón que los gatos tengan carne blanca.

En fin, mañana vuelvo, y supongo que cuando nos despidamos de ese pueblo, nos dirán si realmente comimos gato, o sólo fue una alucinación de esas que no dejan en paz.