
Cansado de la anacrónica Guerra de los Sexos, decido iniciar esta solitaria campaña, por el bien de las futuras generaciones.
Declaro, querido lector, estar en contra de toda ideología que discrimine. Me declaro en contra del machismo, que por décadas ha sido excusa para el abuso, contra el feminismo, aquel que pretende que la solución es que las abusadas se conviertan en abusadoras, contra el racismo, la discriminación por razones religiosas y todo movimiento que promueva discriminar absurdamente al prójimo.
Ahora hablaré de feminismo. No el feminismo que pretende reivindicar a la mujer y sus derechos, que prácticamente profesa las ideas de igualdad que yo defiendo. Hablo del feminismo bruto, ese que dice ¡Mujeres al poder!, sin ponerse a pensar que da lo mismo, hombre o mujer el poder corrompe.
De aquellas que piensan que metiendo mujeres a la policía esta se hará menos corrupta. Aquellas que se ufanan de saber las técnicas para manipular a un pobre diablo con dinero, sin saber que esa manipulación consiste también en vender su dignidad. Aquellas que tras el divorcio se quieren quedar con los hijos, no por amor sino para mostrar lo fuertes que se han vuelto. Las que no permiten a un niño ver a su padre porque son padre y madre y éste no necesita nada más.
El feminismo que se cree con derecho a ASESINAR a una pobre alma que tuvo la pésima suerte de brotar en el vientre de una irresponsable.
Contra ese feminismo estoy. Estoy seguro que 100 años de abuso femenino, si se diera, no compensarían 100 de abuso masculino. En primer lugar porque las agraviadas no fueron las mujeres de hoy, sino sus antecesoras. Segundo porque abuso sobre abuso sólo engendraría una guerra más encarnizada.
Hombre y mujer, señoras y señores, han sido hechos, por Dios o por la evolución, lo que quieran creer, para complementarse. Un niño necesita un padre y una madre, que vivan en armonía, para crecer seguro y sano mentalmente. Nadie tiene derecho a arrancarle la vida a quien no puede defenderse. La discriminación, venga del lado que venga, genera resentimientos, y éstos conducen a conflictos mucho más graves.
Olvidemos las ideas discriminatorias. Aceptemos que existen diferencias entre los sexos, y que estas diferencias nos benefician mutuamente, nos complementan.
Apostemos por el diálogo, en vez de la imposición.
